sábado, 22 de enero de 2011

El ímpetu se clava como un puñal en mi mano cansada, nutre de presagios la presencia que aun no llega a descubrirse, ahoga el pesimismo en su misma naturaleza sustancial de leche coagulada, trepa entre demonios y ángeles arremetiendo hasta la aldea alada de mi cráneo. Allí todo es una atmósfera seca, pura desgracia intelectual en donde nada se culmina, donde todo florece en medias flores decapitadas, donde todo es apenas vislumbrado, y el amarillo seco impera. Gracias a tu forma demoníaca, a tu gutural acento de cosa revelada, a tu inmanencia próspera en virtudes y desgracias, llevo por acento tu ritual, y por ojos tu más certero enigma.
Tu cielo es el material sonido con que tejo un presagio, una idea, una mentira. Ahogo el pensamiento en una frase para nada dicha, para nada empleo la verborrágica estrofa, y para nada crezco entre sonidos y fortalezas brumas. Pero vivo como el amuleto vive entre creyentes, como muerto surco el mar de tierra con mi humilde barca de ataúd postizo, encierro un simulacro con cada brazada en vano, y postergo la nada un paso más allá por donde corre la palabra. Sé que en pos de un aullido hay una reverberancia sutil que no logra desengañar pero reconforta, y allí me quedo contemplando su voz enorme, inaudita, peculiar canción de belleza incomprendida, y conmuevo mis dedos en la misma dirección fulgurante, desde la pesadilla, donde un fuego fatuo encandila entre alfombras y sombras. Lo real es apenas un bostezo, apenas una boca entreabriéndose en la gruta, incapaz de absorber más que una bocanada de aire infinito, y en donde el insomnio viene como una lanza primitiva, un esfuerzo perdido en el tiempo desde el brazo de un hombre que ya no existe. Puedo significar las cualidades del terreno derramado, el llanto de imágenes que van postergando sigilosas mi guarida, presentándose con extremado desengaño al filo mismo de la angustia, grises de apariencia en los lentos confines de espejos rotos. Alguien es luz y otro por desdicha zozobra, ahorra en importancia la nauseabunda oscuridad por recelo, y retrueca sin ganas a la vida con voz cansada y regular proceder. Otro lleva atada a la nuca en voz baja la música del estigma, la llama de luz azul horizontalizada que clava en el hueso enhiesto lo que se sostiene bajo el cráneo revuelto. Su agua es por siempre flor del fracaso primaveral, donde únicamente beben de su mano moscas irreflexivas, zumbos que aturden con cordura la vileza demacrada del porvenir. En la mano tengo una estaca bifurcada, un doble mensajero de espacio y tiempo, muerdo el tuétano irrisorio de la sabiduría más ruin, resquebrajándose en la nada de su vuelo. Con ella tallo no sin cierto espanto un nombre impropio, una antorcha de mirada quieta que sostiene un faro, que guía navíos perdidos en la noche hasta el límite mismo de un abismo, donde el sol de mi vida se acuesta a morir. Puedo renegar de la hoja abierta, haciendo como el ciego frases sordas y primitivos gestos, cada vez más huecos hacia adentro, recoger con un ángulo exacto la voz callada de mi existencia, ¿pero acaso alguien puede descubrirse neutro en los vértigos postizos?
Afuera llueve, y en su higiénica frontera de agua desprendida, mi alma multiplica su caída, se enraíza al suelo subterráneo, reconoce rincones, túneles secretos y olvidados, procede como la lombriz escarbando el barro, aprovechándose del blando estiércol que había hecho de ella su prisión y origen, avanza penosamente hasta la superficie en donde ríen los pájaros, y los caracoles buscan captar ilusión con antenas temerosas. Yo converso con las plantas un soliloquio mudo, un eufemismo de naturaleza enfermiza para nada certera, total, absorbo con mis calcetines la certeza del inconformismo estúpido, y elevo por fin desde la nada inmensa, una idea de manicomio a una esperanza de poeta.             

ESPEJOS OSCUROS

I


Indudablemente vivos, transcurriendo, diluyéndonos lentamente como un día que se acaba, nuestros pensamientos hechos de la nada fugaz de la existencia, dejaremos un día en las memorias apagadas, como símbolo de nuestro dolor supremo.
Se dejará ver, entonces, ese sol de hielo que tutela nuestras almas congeladas, ese ojo fijo que nos contempla como un témpano.
Y todo irá revestido de melancolía, esa romántica forma de la tristeza; la Muerte insinuándose en las cosas, susurrando con sus voces de silencio, resonantes palabras de ataúd.
¿Qué somos cuando rige el tiempo de los astros apagados? ¿Qué somos cuando el vacío diluye nuestras carnes y flotamos en el aire siendo todo y sin ser nada?
¡Ay, de las almas mortales cuando lo infinito se anuncia inaccesible! ¡Ay, de esta fría tristeza que me acecha como una luna inefable!
No es posible, no, someterse a esta cotidianeidad, cuando el sol es un astro abnegado la noche nos conviene, y para un alma oscura, vivir entre las sombras es la forma más certera de pasar inadvertido.
¡Oh, astro inexpugnable, tú eres todo cuanto quiero de Verdad, yo quiero pertenecer en ti mirando eternamente con desdén toda humanidad! ¡Elévame a tus alturas inconclusas, yo que las alas ya no siento, y la tierra me es incomprensible! Yo sé bien que en tu seno reúnes, ¡oh, nido luminoso de almas!, a los que rodeados por la inmensa oscuridad, fulguran en el suelo, tenues brillos esparcidos.



II


Aquí donde las miserias se han humedecido y las gotas caen con el sonido propio de lo abismal, me he encontrado otra vez absuelto, durmiendo los talles propios de la edad infinita.
Aquí donde brillan constelaciones de infortunios, donde los anuncios son relámpagos obscuros que se nos adentran ramificados en el alma, donde la sangre obedece los ritmos estáticos del hielo, me he descubierto, del reflejo, enteramente impropio.
Desde entonces el Espejo me rige con su esencia revestida de falsedad, una insípida sustancia, un claro manantial que reivindica la mirada que se emborracha de esas cosas que el tiempo no respeta: que no son.
Yo entonces sólo quiero lo eterno, lo efímero me es sólo instrumento.
¡Oh Creador, Tú que no has previsto estos sentimientos en los corazones humanos, danos por vez primera el Olvido como bendición, y quita de nuestras almas corruptas ese infortunio de la Razón!
Los pájaros, el arroyo, los cipreses, ellos no saben la muerte, ellos son solamente, solamente son.
No me recobrarán de estas demencias juveniles donde la Verdad se me presenta bajo las influencias nocivas de lo Supremo: de lo Abismal. La noche desde entonces me cobija con sus manos suspendidas y el olor nocturno me es una suave fragancia que llevo siempre atada a mi sombra diurnamente. ¿Les serán extrañas mis confesiones al que todo lo sabe?
No soy el primero que no se ha reconocido propio a la raza que le han determinado y sin embargo a nadie me aparejo. ¡A nadie!
Yo visito frecuentemente esos páramos mortuorios donde sólo cabe uno, donde las soledades subterráneas nos son totales ausencias, donde morir es sin duda lo que corresponde.
Una vez, entonces, una voz me dijo “Salte pájaro, vuela de esa jaula rota”. Y la carne me detuvo con su aroma putrefacto y derramáronse en sangre las venas no cortadas y trajeron los tallos rosas negras. 
Y en mí: un jardín de sombras, una desolación, y el frío altivo del Hastío.
Desde entonces, la Luna reflejada en el arroyo, se me parece, sin duda, contemplando su solitaria lejanía.


III


Visitemos los tempranos extravíos de mi alma enajenada.
Seré conciso. Es necesario. Nútreme la duda pasajera de ser yo mismo. Quiso el Artista hacerme uno, distinto de los otros: mis iguales; diome la certeza de existencia: el atributo de focalizar la realidad desde un punto determinado. Ahora bien, resulta que la perspectiva me hastía, el determinismo me agobia. Es la realidad, la realidad del Artista, no la mía: ¡yo no soy su imagen!, ¡yo no soy su semejanza!
Visitemos, entonces, mi alma, mi alma que vuela ciertos cielos digitados, angustias fúnebres, ráfagas heladas de la sorda muerte.
Miremos las sombras tenaces que se despliegan sobre los suelos; las infinitas suspensiones de existencias ínfimas; los enjambres de voluntades intrusas; la mitad demencial de la multitud colectiva que contradice mi espíritu noble.
Seré conciso. Es necesario.
Adentrémonos, adentrémonos más aun en nosotros mismos; traspasemos la carne, los huesos, el alma misma; y luego, sólo luego, tendremos la mirada.
Trepad los escombros del cuerpo, las ruinas del alma hecha polvo, todo ese polvo ceniciento acumulado… y el desangre de los sentimientos.
¡Qué extraño me es todo! ¡Yo mismo me estoy mirando!
Yo podría ahora mismo abandonar éste mi cadáver hacia otras soledades allende las humanidades. Grises presagios me coronan. ¡Levantad la copa y bebed la Nada!: el aroma ausente que perfora nuestros estómagos hambrientos de lo eterno.
Ahora sólo tengo la mirada.






IV

Mirémonos sinceramente. Brota una lágrima.
Abdiquemos al fin de este postrer sentimiento, derramemos en gotas salubres la Tristeza.
Yo conocí a esa Señora, enorme como un árbol, derramándose en mi mirada, yo conocí sus formas languidecentes escurrírseme de los ojos; yo conservo el aullido prolongado que se apaga más allá de la garganta del moribundo extinto.
Mirémonos sinceramente.
¡Abdiquemos!
¿Oh, lector, que leerás en mí que no esté más allá de tu alma?  No me echaréis al fin la culpa de tus remordimientos póstumos; yo solamente quiero no sentirme solo; la soledad me es propicia no obstante.
Escuchad; escuchad, oh hermano, tu pecho aclimatarse a los ritmos lúgubres en los que me resigno, respirad los perfumes amargos sanatoriales, bajad la cabeza y recibid la bendición perpetua de lo que se diluye, tocad al fin mis manos frías que la circulación ha desamparado…mirad sinceramente mis pómulos, adentraos en mi cráneo, ¡penetrad mis pensamientos!
Veréis nuestros ojos sucumbirse en la Nada, desgarradas nuestras mejillas etéreas, bajad y mirad por el orificio donde las narices han sido embutidas, y las bocas cerradas de las calaveras tiritando lo mortuorio. Luego, no precisaréis mucho para intimar la Muerte.
¿Creeréis acaso en cuentos de hadas, creeréis acaso en el más allá? ¡Ay, de quién conoce bien el arte de embriagar los corazones humanos!

V

Estos, mis ojos, ya no me reconocen. Es mi reflejo una mentira, un espejismo de existencia; una insípida y efímera materialización.
Estas mis manos, este mi cuerpo, esta conciencia de existencia se me está desdibujando; la absurdidad parece estar vistiendo todo con sus tonos lúgubres.
Yo quise ser lo que no fui, aunque no soy mi antítesis. Yo no soy el que fui ayer, quizás mañana ya nada importe.
Las voces del silencio rigen mis postraciones como olas que rompen la roca: pacientes y constantes; mi ánimo languidece, las arenas se acumulan y, apartado, soy una isla anclada en un mar furibundo. Somos, entonces, nuestros quietismos, nuestras no intervenciones elegidas, nuestro idealismo es, por fin, la nulidad.
Las ondas me traen, entonces, la soledad…como algo deducido, una lógica que me arrincona hasta el límite de mí mismo; ¡ya son nuestras voces puros ecos retumbando en tumbas propias!
¡Ay, y lo que me apareja el tenor de estas olas iguales!
¡Tengo miedo!, tengo miedo de descubrirme el pecho y ver que solamente estamos hechos de tiempo.  






VI


Del sentimiento trágico de la vida, del que me apuñala el espíritu, del que solapado siempre permanece, estoy trayendo lo inefable de estas oraciones imperiosas.
Aunemos lo indescifrable de la Belleza, esa cualidad necesaria, lo que se insinúa y lo que se esconde, lo que nos embriaga de lo misterioso: lo que nos enamora.
Aparéceme entonces el alma deshecha en torbellinos contradictorios, en fragancias circunscriptas que guerrean; el dualismo teje entre sus polos un mar de dudas.
Vislumbra, entonces, óptimo lector, tú aun distante, la apaciguada desesperación de un corazón exangüe, ajado de sentimientos inconclusos, defectuosos y enfermos. Enlaza al fin mis sinfonías a mi apariencia, y verás claramente la sombra que se esconde del otro lado de mi rostro.
¡Palidez lunar, dota a mis ojos apagados de tu esencia secreta, otórgame la facultad de congelar todo con mi sola mirada, hazme tu refugio bajo mis párpados!
¡Ah, la cruel calma!  Bajo mi rostro es noche ya, y mi memoria repercute el vacío que se insinúa más allá de las estrellas. ¡Oh, donde cierro los ojos y toda materia a la Nada obedece, y todo es oscuro como el Silencio, y la Soledad eterna y absoluta, Tiempo inexorable, Dolor! Como una inversa montaña me estoy abismando; yo soy la parte del témpano hundido que no se deja ver.
¡Mi Musa, la de los ojos del color de la Noche, la que yo veo sin mirar, la que sólo a mí me pertenece, pídote tan sólo que no me abandones, mendigo tu presencia misericordiosa, yo, tu único devoto! ¡Abrázame en el frío de tus pechos nevados con esa indiferencia con la que sólo puedes amar! ¡Dame de beber de tus labios negros, donde ha muerto la sonrisa para siempre!


VII


Cuando tú sólo tengas este amor que te debo
Cuando el frío gane tu alcoba, tus labios secos
No sean más que silencios que se abisman,
Miradas quietas, ojos ausentes, entonces nos fundiremos
Cuando tú sólo tengas este amor que te debo.

A nuestra frente, ¡Oh tú, la que nada esperabas!
De mis besos, lentamente, borrando las miserias
Seré una luz imperceptible en la noche prolongada
Yo seré el que traiga la Luna
A nuestra frente, ¡Oh tú, la que nada esperabas!

Y beberé de este vino que el Vacío ha fecundado
De las profundas fragancias que a los remordimientos embriaga
Te daré de beber de lo que reclaman nuestros paladares,
De los cálices efluvios del Olvido,
Yo beberé de este vino que el Vacío ha fecundado


Pero el sol de los relámpagos me ausenta tu mirada
Entre razones refulgentes de enceguecidas pasiones
Y de tu postiza presencia, mi vasta melancolía
Cierne sobre mis ojos todo un cielo encapotado,
Todo un cielo encapotado, cierne sobre mis ojos
La vasta melancolía de tu esencia imaginaria.



VIII


Oh mi amada, yo quisiera regalarte esa flor que nace en mi corazón, esa flor de fuego negro, esos pétalos de tus ojos.
Entonces yo me iría eternamente a la soledad victorioso, devolviendo las espinas que tu mirada me dejó. ¡Oh, dulce venganza! Del Amor usaste su lado oscuro, del Amor usaste su contrapartida inevitable, y la que fue tu desdicha ahora es la mía enfatizada.
Jirones llevo desde entonces en mi mente de remordimientos inextinguibles. Jirones llevo desde entonces en mi mirada lacerada.
Algo hubo detrás de tu cara alumbrándome el infinito. Algo hubo; como un destello divino, algo me repercutió tardíamente, algo ímprobo me resbaló hasta el corazón. No fue sólo Amor lo que me ha herido, no fue sólo Amor… hubo demonios metiendo sus garras en mis sentimientos más temidos.
Pero te quiero, insulsamente, y me niego a hacerte daño. Será mi destino hacia ti tornado mantenerme fuera de ti, y sin embargo, mirándote. Y, tristemente, tú nunca lo sabrás.
Yo nunca sabré la tibia miel que de tus labios ¡oh, apacigua todas mis desdichas!



IX

¡¿Qué explicarle?! ¡¿Para qué?!
Ella simplemente no vislumbró mi oscura silueta en medio de la luminosidad detestable en la que frecuentemente se desliza. Hubo otros argumentos, otras causas, otras direcciones. Ella simplemente no vislumbró mi oscura silueta en medio de la luminosidad detestable en la que frecuentemente se desliza. Y el encanto pudo más que las perversiones, y el espíritu tuvo melodías ya hace tiempo desterradas, mas el letargo de las cuerdas vocales mantuviéronse en hondo silencio … y las palabras escaparon de los ojos abismados violentamente hacia el suelo.
Me tocaste, sí, con tu brazo de hielo, rozando apenas el mío, y cubriéronse de escarcha mis soledades, mis anhelos y mis esperanzas todas. Danzaron ante mí, mil rosas como torbellinos inaccesibles, y de esas rojas oleadas de los pétalos rotos, diste en mí y en mis gravísimas heridas como una flecha certera: ¡ahora llevo tus besos que me faltan como estigmas sobre los estigmas! ¡Es necesario oscurecerse más aun hasta desaparecer completamente en la noche!  Ella simplemente no vislumbró mi oscura silueta en medio de la luminosidad detestable en la que frecuentemente se desliza. Y yo la estaba mirando con mis ojos de sepulcro, con el frío marmóreo de mis ojos severos, implorando una rosa como ofrenda sobre una tumba, de mi cuerpo como tumba solamente una rosa…, y ella simplemente no vislumbró mi oscura silueta en medio de la luminosidad detestable en la que frecuentemente se desliza.


X


Anteriormente, cuando sólo nos teníamos, cuando la eternidad se proyectaba en tu mirada, cuando tú eras el sol que nacía, entonces… yo era feliz.
Anteriormente, sin ráfagas de sombras en mi pecho, sin zonas rotas en mi corazón mendigo, sin el ocaso de tu mirada sangrante, cuando tú solo eras mi hermosa amada, yo era naturalmente feliz.
¿Sinceramente brotará una lágrima de entre mis cantos extenuados?
Yo conservo de tus ojos el brillo, de tu pelo el perfume, el sabor de tu boca, la gracia excelsa de tu nariz. Yo soy el que en el pasado, está amando un Amor rezagado, en la efluvia forma de lo sutil.
¡Basta ya de nociones ambiguas! ¡Siniestra Belleza, te imploro el alma que has desdeñado; devuelve los ritmos vitales a este mi cuerpo exánime; abraza, por fin, este prematuro cadáver que sólo sabe sollozar!
¡Oh Silencio!, fríamente oscureces mi espíritu que abstraído discurre esa mirada que desde la Nada me observa lánguidamente ¡Respetemos esas lágrimas que se han solidificado en los vientos helados del Hastío!
Cuando por causa de un dolor inconmensurable, la mente despeñada ve peligrar la cordura en el círculo vicioso de los embrollados pensamientos, del rojizo cerebro que en la fragua de los metales encendidos se calcina, imagina un témpano anclado en un piélago marmóreo, y nivelando lo opuesto, como un promedio, toma entonces, una postura eficaz.
Así, entonces, relegando nuestro cuerpo a su inútil existencia, los sentimientos (las banalidades cíclicas que nos circundan) a su total indiferencia, seremos únicamente conciencia: la ínfima parte a la cual podremos sustraernos
Anteriormente, entonces, rompiendo las redes del silencio vastísimo, el sonido sutilísimo que a ningún tímpano accedía, fue de mi dolor su himno más notorio, y en voz callada confesé mi idolatría a esos ojos alejados. ¡Oh, Musa de los cantos tristes, ruega por mí y por lo que repercute en mí como un vacío! Yo te imploro renueves las flores marchitas con tus manos temblorosas y de tu forma oscura reemplaces a la que ya no existe. Besa con tus labios helados mi frente consternada de pensamientos febriles. ¡Dame la insensibilidad como una bendición, que aleje al fin de mí, el sufrimiento!




XI

Disipábase en la razón la tiniebla y sólo oscuridad quedaba en mi espíritu perplejo, una quietud exacerbante, la soledad absoluta e inamovible, el mortuorio silencio rondando mi cráneo, la resonancia del vacío en todo.
Dándome, entonces, la noche como un techo, en las cegadas moradas donde el corazón es un abismo, donde se escuchan los murmullos de los muertos, fue mi impasible morada una recóndita cripta. Y allí, bajo la tierra húmeda de esqueletos nerviosos, mis lágrimas subterráneas fueron un claro manantial, en el dolor, purificantes.


XII

Cuando el hartazgo nos imprime el difícil arte de la desesperanza, como una mirada pasajera puesta como un puñal en mi alma, de tu mirada evasiva yo guardo lo más certero de tus ojos mortales.
Así, de tu mirada severa, de tus ojos mortales como puñales, abatirás este mi semblante para siempre trocado en dura cera.  Nunca más se verá mi rostro reflejar las dulces luminosidades de la sonrisa, nunca más se verá mi alma resplandecer bajo las caricias del amanecer absoluto.
En la cúspide borrascosa de la mente, yo ahí despeñando la cruel ansiedad de tu presencia improbable, retorciendo los espantos de los pensamientos febriles como un buen tejedor de nudos calcinantes, tu nombre será en mi frente un cadalso amenazante, tu nombre será por siempre mi más dulce tormento.



XIII


Tú que me miras incrédulo, distante, óptimo; tú que no descifras qué araña me ha tejido en los ojos la desesperanza, tú que me degradas para sentirte seguro, tú ingrato, no eres más que una excreción del ser humano.
La historia me ha enseñado: es la humana esencia el extravío, auténticas manifestaciones de conciencias amanecidas en lo inabarcable, luces infantiles en la inmensa oscuridad; la angustia, naturalmente, crece en los corazones mortales como los gusanos crecen en los cadáveres. ¡No dudéis de un instante de mi humanidad! Es tu presencia la que me despoja del amor hacia los seres humanos. Es tu rostro perfectamente imbécil el que deploro. Es tu egolatría la que hierve mi sangre; yo te empujaría, sin dudarlo, de esos altos sitiales donde ostentas orgulloso tu trono irreal.
Mirémonos el brazo. Eso somos. Cortemos levemente la piel. La sangre derramada mostrará lo que involuntariamente se escurre de nosotros mismos. Descubramos, entonces, que de ese rojizo líquido y de otras sustancias igualmente risibles estamos hechos, y no de otras, que existimos en tales circunstancias fortuitas, y no en otras; que podríamos disiparnos en menos del tiempo en que el moribundo consternado logra percibir que ya no existe.
¡Abrazaos, abrazaos, oh, humanidad, ante lo inmensamente vulnerable de vuestra condición; no esperéis al fin de los tiempos para hacerlo!
¿Advertirás, al fin, ¡oh, ser infinitamente soberbio!, que hay cosas no escritas en el lenguaje circunscrito de la razón? ¿No admitirás, que hay formas de la percepción que no te han sido concedidas? ¿Perseguirás, entonces, eternamente esa luz que se muestra tenue a través de las tinieblas y las ciénagas abnegadas del razonamiento? Rigurosa Lógica, dime: ¿alguien, alguna vez, de tu remota luz, ha alcanzado la felicidad?
¡Oh, cielos imprecisos, nociones ambiguas, oscuras premisas; yo os necesito como el aire que respiro!
Cuando el extraño ve posarse, reservada y foránea su mirada, incomprensivo y estupefacto su espíritu, oculto y solitario su corazón, su razón simplemente rebasada, retírase calladamente hacia el ángulo de las medianías conteniendo lágrimas de inconmensurable dolor, y de su horizontal contemplación, ofrécelas al cielo en tono suplicante, pidiendo simplemente jamás haber existido. Y el cielo le cobija con etéreas contemplaciones, revélale otra realidad que brota de su misma premura, y así transcurre apeándose de las circunstancias.
Así, yo, y los que en lo Ideal nos cobijamos.



XIV


Bajo el fuego líquido, fluctuando como muerto, con los ojos entornados en puerta hacia el vacío, la criatura descendía una y otra vez hacia el fondo de la laguna del infierno, sin saber jamás de las profundidades de su infausta condena. Una y otra vez, sumergíase lentamente, esperando palpar lo firme del fondo para impulsarse hacia arriba, violentamente, sin saber cuán lejos estaría de su propósito. ¿Saldría, alguna vez, aquéllo, a quién el cielo deparaba los funestísimos sufrimiento, que en mi alma ya comenzaban a hacer su morada? ¿Nuestros solos impulsos son suficientes para combatir esas formas del fuego que nos sumergen, una y otra vez, en sus abismos? ¡Ay, de esas tediosas condenadas con que el infierno desgasta nuestras esperanzas!
Vuelve a descender la bestia, arrullada suavemente por las ardientes corrientes submarinas que ondean sus párpados lánguidos como cortinas.
¡Basta ya! ¡Oh, Creador de toda ésto, Tú, Juez riguroso que te crispas ante el pecado como una fiera, de esta bestia sumergida, troca en mí su penitencia, y libérale de esta pesadilla, no sin antes hacerla mía, por virtud de tu misericordia! ¡Yo, que frecuentemente escucho en los corazones extraviados como un receptáculo, y puesto que hay músicas que se fijan indisolubles, igualmente penando, imploro liberes a uno por dos condenados! ¡Hazme el Salvador de aquélla parte de mí mismo que sólo ve la luz infiltrada por los parrales profusos de la demencia!
Bajaba yo, entonces, a los abismos de la Estigia, abandonado mi cuerpo al extraño ser redimido que en las latitudes terrenales apoderóse de mi voluntad como yo de su miseria. En cada descenso, en cada impulso, iba en mí impregnada toda esperanza de abandonar aquél suplicio que imploraba no eterno. ¡Quizás un nuevo Salvador redimiera mi solidaria penitencia! Por lo pronto, iba yo cayendo lento y abatido, cada vez más, una y otra vez, dejando en mi rastro ruinoso, lágrimas hondas de desesperación que al fuego enardecían.
¿Repercutirá en mí Tu Fe y Tu Esperanza, Ser Perfecto, aquí abajo, donde la oscuridad ardiente nos sepulta indisolublemente como a Ti los Cielos Celestes y la Luz Absoluta?
No es necesario me denigres con la inutilidad de mis esfuerzos; yo sé bien que el desaliento me postrará en los abismos cenagosos de esta laguna inmunda y entonces un cambio de marea o un reverso gravitacional, sacaríanme al fin, aunque tardío, para mostrarme la fortaleza de Tu Voluntad Suprema.
Entonces, humillado, queriendo ser yo mismo Señor, no seré más que lacayo de tu Reino, sumiso de Tu Poder inconmensurable, profeso de tu Amor imperecedero; pero ¡oh Perfecto!, ¿qué será de mí cuando aquella extraña criatura renueve con sus apetitos los feroces pecados?; ¿sabrás Tú separar el alma de mi cuerpo y enjuiciar mi esencia por encima de las miserias y las necesidades que nos imponen las vicisitudes?   

PROSA NEGRA

 

I

Paso mis manos a la sombra más negra, a la sombra muerta. Dedos que miran, de miradas frías; las manos se mecen en una contemplación suicida.
Ya me doy cuenta; avanzo al cruel destino que siempre olfateé.
Son lágrimas las que caen mientras escribo; agua rota del alma parida de un dolor supremo, de un abismo vacío, de un mundo que falta.
Yo nunca estuve aquí; nunca pisé este suelo, siempre volando en mi hundimiento, sepultado en escombros de dolor.
Ya me cansé de luchar. El que ha estado conmigo en todas las horas, bien sabe que lo intenté, mas él siempre salió ganando. Fui una hormiga llevando una gran hoja seca. Pero, ¿a qué ya resistir?; cuando parece que todo pasó, ya nada queda, salvo un enorme hueco.
Algo resuena ahí adentro. Es mi nombre. Desde la profunda tumba de mi ser, se escucha una lastimera voz que me reclama.
¡Quién pudiera meterse dentro de sí mismo y desaparecer! ¡Vivir en un mundo propio!
¡Oh mi reina, mi Fortuna! ¡Sálvame!
Dame tu luz de creación, y yo mismo, con estas dos manos chorreadas de muerte, crearé mi propia ilusión, sin saberlo.


II

Sólo palabras, palabras, palabras, como cruces en un cementerio; dondequiera que mire palabras me advierten que algo ha muerto; porque la palabra cuando nace muere. Quien diga que en vida se alzan alegres, que son eternas, divinas letras, no ve su postración; son cadáveres insepultos sobre lechos fríos, de nieve. Ahí veo el espanto de rostros henchidos de miseria; en otros, la efímera vida dibujada en lo absurdo; otros de alegre mirar, no son más que caras dadas vuelta; y esas amadas palabras: muerte, negro, sombra, noche, oscuridad que son sino espejos.
Sin embargo, cuando escribo vivo.

III


De donde ha nacido este impetuoso hastío una cadena de sierpes me sigue el pie. Ceñida a mi tobillo, clavada en colmillos, desprende un chillido a cada paso mío. ¡Qué extraño sonido el chirriar de serpientes! El silbido de la lengua es lascivia, pecado, lujuria, peligro, fuego; pero el chillido…, pero el chillido cada vez algo nuevo.
¡Qué pesado se me ha hecho el pie, acarrear con tantos sentimientos!
¡Qué extraño se me ha hecho el camino que ya no veo otra cosa que el chispeante chirrido de sierpes!
A veces creo que se burlan de mí al saber que la pesada cadena borra mis huellas; tendré que acostumbrarme a la idea de no mirar para atrás, ¡jamás!


IV

¡Qué raro demonio habita en mi interior! Tañe el himno del silencio en cuerdas de violines rotas; repite dos veces mi nombre que en ecos enrosca, está quieto y se alimenta de plumas secas; en la noche son mis ojos sus ojos rojos.
Yo sospecho que no nació conmigo, mas no sé como se metió, aunque lo intuyo.
Me han dicho muchos muertos que no hay escape de él; me han dicho otros no infectos que acabe con él, mas no me dan el método.
Mientras tanto, mientras sigue creciendo en mi interior, yo sigo obedeciendo sus porfías de ojos rojos en lo negro. Creo que ya creo en la verdad de su silencio.


V


Me ha quedado el gusto oscuro del antro subterráneo, paraíso falso.
Aun llevo sobre mí los pelos mojados en esa agua inmunda; y se embronca mi pensamiento, se revuelve, se enreda, y ocupa toda mi cabeza que pesa como un mundo ingrávido, como un techo hermético. Eso es; es mi vuelo un revoloteo en encierro.
Tal parece entonces que ya no podré ver claro el cielo.
Parte de mí se revuelca en congoja, parte de mí se sonríe y dice: ¿a quién le importa?
Ya me he acostumbrado a este negro manto, a esta noche vacía, a esta oscuridad inmensa, a esta luz que falta; es mi vigilia una estupidez: un esperar el amanecer en un mundo desolado.
¿De qué me podré aferrar para que vuelva a haber luz en esta noche entera?
Yo sé que en la poesía nacen estrellas; pero la luna, ¡ay!..., la luna solamente es ella.


VI

Yo a veces veo, en la noche, la luna negra y el cielo blanco.
¿Cómo puede ser noche aún? ¿Cómo puede vencer la negrura de un punto al enorme manto blanco?
Seguramente no es verdad lo que yo veo; en mí lo blanco se ha vuelto negro y negro lo blanco.
Es muy mío eso de andar contrariando lo establecido.



VII

La luna es un ojo oscuro que paraliza todo un cielo. ¡Oh misteriosa mirada! ¿Qué no haría en mí, la que adormece mil estrellas? Reina bondadosa de centellas, me presta su corona pero no su poder; yo sigo subyugado a su resplandor, a sus caprichos de forma, a su etéreo olor a tragedia. Sin embargo, pese a que me agobia, me enamora su enigmática presencia: su fulgente postración en un océano de agua negra y de gotas blancas que tintinean.  A veces creo que las estrellas son lágrimas de luna, y entonces me estremezco, porque a pesar de su altivez, también llora.
¡Cómo quisiera poder llorar!, más aun, perpetuar en centelleos olímpicos mis penas…, entonces creo que nunca más volvería a escribir.


VIII

¿Quién me vigila desde allá arriba? ¿Quién me señala con su mano de luna llena y dedos de estrellas? Umbría es su voz, lo sé bien; él me ha enseñado el idioma del solitario, el alma del murciélago, la calma del camposanto, el vuelo rebelde del pez que no quiere agua, la pesadumbre de internarse en un mundo inmensamente hondo, la linterna de lo subterráneo… y la postración de su bóveda de estrellas suicidas.
Compañero de mi desvelo, todo esto te debo, y mil cosas que no me entero…


IX

¡Oh alborada, yo te aborrezco! Desprecio tu desperezar, tu bostezar, tu destapar lento de la manta negra de la noche (mi cobija), el canto del gallo, presagio de dolor que dura todo un día. ¡¿Es que no te das cuenta que tu renacer cotidiano hostiga al que habita el cementerio?!
Ya llegará la venganza en que un fuego negro ilumine la noche y tú fundirás tus claros fuegos sin saber porqué no amanece.


X

Canten pájaros, sinfonías de alegría, sintonías cadenciosas de reproducción, de comida, de comunidad, de plumas sacudidas; de vida. Canten pájaros; orquestas obedientes del sol. Canten pájaros, cántenle al día que acaba de nacer; cántenle a la noche que acaba de morir.
Ya se escucha el bullicio de la gran rueda que comienza a andar…, al son del pájaro.
¡Oh necios pájaros, ya cierren sus picos; flautas henchidas de nada! , necios pájaros rutinarios que cantan buen día al fraguador, al bullicio en lontananza de la gris metrópolis, al tesón de la hormiga y a la ronda de la abeja.
Sólo abran sus picos para cantar adagios desinflados y vacíos.


XI

La espesa selva de otrora, la espesa selva de siempre, ¡qué imbécil forma ha tomado en este tiempo mío!
El follaje se ha recortado en rígidos cuadrados, y hay montes piramidales, y ríos de cause constante, y va todo bañado en ceniza, todos bañados en cenizas, y hay cataratas infinitas, y ríos de cauce constante; y ¡ausencia!
Aquí veo peces arrastrados por el cauce del lodo, y algunos muertos insepultos en movimiento, se confunden con los vivos. Es así el gran lodazal una abominable mezcla de muerte y vida, todo una misma cosa; un rumbo forzado.
Y va en la selva un himno a tuerca, a resonante metal, a coros fabricados, y vuelos rígidos de pájaros en algodones ensuciados; y encierra a toda esta lastimera selva el olor pestilente de lo póstumo.

XII

Extrañas altas formas me acortan la vista. Los lejanos horizontes, las cuevas del sol, la copulación de aire y tierra, las montañas nexos de cielo y suelo, robadas para siempre, cambiada la esperanzadora lejanía por cercanas desesperanzas; la idea de pertenecer a todo, de ser uno mismo a su vez viendo todo, cambiadas por la de ser uno mismo a su vez viendo nada.
No esperen cantos mielados de parva, trigo, pinos, lirios, nardos, arroyos, lagos, cielos claros; este es un tiempo de gárgaras de cemento y poco más.



XIII

Se clasifican los peces, se clasifican; y se comen unos a otros, y se clasifican. Suben y bajan los peces, pero no vuelan, van subterráneos, van bordando el suelo de efímeros surcos, y siguen, siguen y siguen, a pesar de todo, a pesar de nada. Hay espinas de peces muertos que igualmente siguen la inercia de lo que fue cuerpo. Siempre adelante, van los peces, siempre adelante, revolcados, comiéndose unos a otros, y van rodando, rodando y rodando hacia donde no saben, pero sobretodo se clasifican.





XIV

Yo quiero espontaneidad, lo que acontece sin planeamiento, sin programación, lo implanificable, lo que ocurre porque sí, sin más causas que el azar.
Cuando llegue la hora de que todo tenga su debido tiempo, en su debido lugar, de su debida forma, ya no quedará más que hastío: aguas en venas de brazos caídos, sentimientos razonados, ojos espejos rotos, y relojes, relojes, relojes, a lo alto de todo; bañando la selva en la savia negra de la angustia.



XV

Mis pies hoy piden tierra, piden barro, arena, quieren tocar lo que nació sólo: el elemento; quieren dejar sus huellas en el suelo blando. 
Yo les digo que no es fácil romper las mil capas de ceniza, las sepulturas, la dura infección que hay que remover para que vuelva a surgir el verdadero suelo.
Yo creo que mis dos piernas se han enojado conmigo, pues el paso se me ha hecho pesadísimo cuando voy por el cemento.


XVI

Van las calles de piel de nubes, nubladas pisadas, brumosas barcas enterradas, en algodones van las barcas, van marcando su pisada de humo, de hollín, y de cenizas. Van las barcas, marcadas pisadas, van las marcas negras de la barca tras su marcha parca.
Van los trazos de la barca despeinando terciopelos del alma. Van los trazos del alma contradictorios y revueltos: a contrapelo. Va el alma encadenada, enjaulada, revoloteando en sucios cielos subterráneos; va el alma asfixiándose en lo momentáneo; va el alma confundiéndose con la barca de constante paso; va la barca tragándose el alma.


XVII

Veo en lo alto un pájaro en vuelo.
Va el cielo corriendo entre sus plumas, viento entre ramas; siente el pájaro como agua entre los dedos. Va danzando en ensueños de aires claros y serenos; bailarín en suspenso.
Van sus alas, van sus miembros, de cadenciosos movimientos, batiendo nubes puras, rozando algodones perfectos.
Pasa junto a mí la sombra de la gaviota, oscura en el piso, achatada, rota; entonces siento el perfume de la armonía, la envidia del vuelo y el tacto del cielo; y la certeza de ser yo mismo la proyección de un vuelo; un vuelo en el suelo.

Te regalo una rosa

no me mal interpretes
no es amor lo que te ofrezco
sólo muerte.




Lejos del sol, te alojas dentro mío

marco en que la noche adelgaza los crepúsculos
pies descalzos estirando en los peldaños
la pura posibilidad de ascender hacia algún norte.

Hueco en la madera, corazón de luto
tu voz estaba llena de ave misteriosa
volando hacía quién sabe, volando hacia un abismo
mi alma asomaba mirando en tu mirada.

Tu voz es fruto del llanto de las cosas
desciendes de los cielos como un rocío triste
tiempo en que las nubes se amotinan ante el alba
papel que envuelve de miedo todo el mundo.

No hay pecho humano que pueda contenerte
el llanto surge simple o tan simple como el agua
declina de los ojos como una urgente llama
fugaz al firmamento perenne de una estrella.

Tu fuente es hija del prado fugitivo
vieja incondición que aloja en mis entrañas
palabras de desdén de piedra masticada
hambre de realismo esquemático de rosas.

Reprochen ya los cerros que otean mi futuro
la muerte se yergue allá lejos como un prefijo
que guía para siempre mi mal llamada vida
sombra inversa, tul oscuro, prado frío de mis rosas.

La luna está quieta

y es apenas un círculo en el cielo
una rebanada de luz
el espejo blanco de mi alma.

Yo quiero alcanzar lo inalcanzable
abarcar lo inabarcable
comprender el infinito, lo eterno
calmarme del vacío que a menudo me sorprende
escribiéndote unas líneas o buscando tu mirada.

Las estrellas entre ellas
han establecido un circuito que no logro descubrir
conversan sin sonido un idioma que desconozco
que repercute como un sueño
al cual no logro despertarme.

Ellas contienen el misterio
sus distancias son el tiempo
y son música de algún compositor
y armoniosa matemática.

La noche es tu mirada
pero es también tu piel ausente
el parto de lo que el Destino no logra ocurrir
el silencio que separa la palabra a la palabra
un “te quiero” nunca dicho
y el final de algo sin comienzo.

La noche es ansiedad de tiempo fugitivo
la calma nunca en calma de la muerte
lo que queda en la retina de realidad
en el límite exacto
del que vuelca sus ojos a la nada para siempre.

Hoy te necesito
porque cuando estás conmigo ya nada me sucede
la noche es noche y nada más
la luna es luna
yo soy yo, tú eres tú,
y solos entonces somos.






Todo empezó con una leve sensación

una minúscula imperceptible cifra dentro nuestro.

Luego pudimos darnos cuenta
que aquella agonía no sería transitoria
que oscurecíamos
contagiándonos la piel de nuestras noches
mientras crecía silenciosa al interior de todo.

Entonces aprendimos a escribirnos en tintes de muerte
la desbordante pena que nos aniquilaba por dentro
a fraguarnos la lucha cara a cara o verso a verso
para sentirnos mejor por apenas un momento.






EL LIBRO


Se acarician las hileras
hijas silenciosas del recuerdo
El herrumbre de los hórridos
Pórticos cerrados.

¿Qué esqueleto cabizbajo
anida bajo el flanco de la antorcha
en la más profunda nimiedad del llanto?

Toda forma es posible, todo se incorpora
en la horma de los híbridos lamentos
del que al empezar, muerto,
aun se empeña y descadalza su cadáver.



DE LA LUNA


Humo gris tiznado
llamarada de fuego consumido
palabra que el tiempo apagó de pronto
azul superfluo, mirada antigua.

Quieta detrás de tu silencio
la edad sostiene tu postura
y de donde el silencio redobla los contornos
asombra la imagen mi sentido.

Lejos estuvo el mar estático
espejos hay de nombres misteriosos
que someten sin ventanas ni nada.

Sin pordioses tú eres
capullo lento de una noche enorme
mi inmaterial castigo.

A mí que siempre me gustó en la cara

sentir los vientos vacíos de la noche
llevar los puños apretados a la muerte
cotidiana de lo ausente.

A mí que siempre me gustó en la cara
sentir los rayos de la luna y su silencio
que mira blanca y de soslayo en los balcones
escotándose los senos.

A mí que siempre me gustó en la cara
fulgir con gestos indecibles lo insensible
llevar la noche bajo el rostro apaciguado
cual centella siempre triste.

A mí que siempre me gustó en la cara
amenazar de pronto fugazmente
con fugarme hasta el fondo de lo ignoto
me piden de pronto…

Me piden de pronto que amanezca
nunca cómo…!que amanezca!
que abra esa ventana que refresca
la nube espesa de este ambiente.

…………………………………………………

¿Tú no has visto a aquél, aquél que era
en la noche pareja y solitaria
pura estrella?

Luna en mi ventana

subterfugio infame de mi alma.

Tu sola presencia
engendradora de martirios
cuelga estrellas
en mis párpados
de lágrimas copiosas suspendidas.

Y entonces pienso en ella
en su boca de cielo desolada
en su ausencia de voces
de silencio
en su cara encerrada de sonidos.

¡Bebo de tus labios
mis últimas palabras!

Endechas son ahora
que la luna le canta
al ataúd apretado de mi alma.

EXISTENCIA


Cuando la noche se nos ha entrado en las venas
y corre la sangre helada de los sueños olvidados
las llamas de las velas contendrán nuestras pupilas
en sus vidas limitadas, en sus fuegos.

La claridad es una irrisión en el universo oscuro
donde los sueños brillan fulgores efímeros
hay rincones infinitos y remotos
donde el vacío se traga nuestras memorias
como cerebros hambrientos olvidando.

Por nuestros pensamientos se mueven inaccesibles
las oníricas sombras que barruntan nuestros destinos
como realidades contrapuestas de espejos enfrentados
que agotan nuestras miradas en sus ritmos.

Y sin embargo,
Alguien nos obliga, Algo nos está obligando
como diseños de una voluntad implacable
entre instintos que pellizcan nuestros cuerpos
a existir obligados en las oscuridades inexorables
como fuegos que se apagan contemplando sus ausencias.

La conciencia contempla con sus luces tímidas
como flama de una vela palpando la noche
la extraña sensación de estar vivos.

¿A dónde mirarán nuestras ígneas pupilas
cuando se apaguen con un soplo
las llamas blandas que las contienen?

La noche está cruel de enredaderas

la noche que se queda en los pretiles
de las ventanas de luctuosa madrugada

Hay un cuervo acerbo que persiste.

El chillido está llamando
está llamando como un cielo desde adentro
entornando las persianas a un abismo
de penumbra, de tiniebla y de silencio.

Hay un cielo desplomándose en lo hondo.

La angustia formal de lo increado
va naciendo de las flores incensarias
todo un rosedal de cementerio.

Plumas negras que aun perfuman de tristeza
una noche que ha nacido entre las noches
más oscura todavía que la muerte.

¡Oh, la Muerte me asalta a cada paso

cuando veo temblar en las estrellas
esas luces que lucen en lo obscuro!

Trémulas gotas son tan vulnerables
que parece a veces que existieran
solamente a los ojos de mi mente.

¡Qué potencia engendrara del Vacío,
brotando de la faz del firmamento,
gravedades de cosas suspendidas!

¡Qué fuerza existencial se manifiesta,
a los que solos vivimos en la Duda,
para vernos la noche siempre bella!



NOCTURNOS DE BELLEZA



Es la noche de los pensamientos suburbanos
es la noche del elixir y de los sentimientos al borde
es la noche de las llamadas apagadas
es la noche de tu nombre.

Mis huesos rasguñas las horas de mi cuerpo
arañan el reloj de la muerte en mis entrañas
misteriosas las estrellas acunan miramientos
y el miedo invade como un pájaro de hielo.

Entonces, ¿qué otra cosa será el silencio
Que murmura estas estrofas
desde adentro mismo de mis sueños?

Yo no sé
si en mis noches se agravan las angustias con los años
o si simplemente
Es el viento acumulándose en mi ropa
Lo que me hace más pesado
El despertar pensado entre las sombras.

Yo no sé decirte otra cosa más que esto
que ahora en el fin se me deshace
entre el viento, hecho cenizas, fugitivo.

Bajo las tardes despaciosas del estío

cuando la siesta es un párpado de fuego
abierto sobre el cielo más cansino
de mi fatal desasosiego.

Cuando recubren de silencio las alturas
las pavuras dormidas en el ceño
recubriéndose de honduras
por las gracias misteriosas de los sueños.

Meditando por detrás de las tinieblas
bajo la sal de los fuegos traicioneros
yo te he visto
herir las sombras de los cuerpos muertos.

¡Oh, angustiosa fatal melancolía
de morir sin embargo y pese a todo
cuando muera si tú vives todavía
recuérdame en la voz que te reflejo.

Dime, antes que todo esto pasara,

¿estabas tú dispuesta a contenerme?
Tú, Señora de altanera mirada
sinceramente, ¿ibas a creerme?

Ahora que mi forma se ha esparcido
por los bosques sinuosos del Dolor
y ya nos soy, sino un vano perfume
ambiguo como el brillo de tus ojos

¡qué tactos, qué materia podré ofrecer,
qué palabra convencer, si en la Nada
ahora vivo como un libro, que supiera
que tan sólo hay andar de puras hojas!

No creo que fueras a detenerte
y que fueras a vivir entre mis noches
tú tan llena de luz y de sonrisa
morirías como muere la luciérnaga.


Él supo que ella era su delirio,

su fantasmagórica presencia, su pasado
ella era pura ausencia, puro cielo
como un prado abnegado de jazmines.

Miró encima de las manos sus cadenas
miró la hora de la muerte con ternura
con premura miró tanto desde el suelo
que en un sueño se soñaba de la altura.

Ahora trepa las noches, las estrellas,
y la luna que lo mira taciturna…
vaga siempre sobre tanto desconsuelo
que ha empuñado la escritura.


En esta noche
de inmortal pavura
de tu incierto nombre rozando las estrellas
la tristeza revuelta en ruiseñores
es el orbe que me envuelve.

Reniego de la vista y del cansancio,
¿alguien sabe qué hay detrás de los acentos
rezongando los arcanos de los versos?

Yo he mirado la noche más directa
por hallarle sus versos encerrados
solamente reflejando mis espejos
de lágrimas copiosas suspendidas.

Algún día que se abismen sigilosos
los astros ya cansados de sus rimas
¿con qué lámpara podrá mi poesía
olvidarme del insomnio de tu nombre?







Estuve tanto tiempo triste

que ya me sorprendería
el poder encontrarte en mis campos negros
como un resto silencioso de naufragio
aun esperando mi presencia
que de a poco se disipa.

Yo he aprendido del dolor la fortaleza
la pureza, de tus ojos escondidos
pero hay veces te lo juro
que por dentro estoy vacío.

Yo he aprendido y sin embargo
no me es fácil alcanzar tus realidades
ese párrafo escrito desde adentro
me está escribiendo el corazón a puro verso.

Y saliendo, y buscando, he recorrido
la nada misma como un ser que no supiera
que hay veces que parece que viviera
buscándote en las horas que perdí.

Hallé aromas quemándose en abril
Envueltos de una absurda primavera.

EN TU POESÍA


Se habían quedado suspendidos
los aromas aquellos de tu mirada
de flores ya vacías de sentimiento
sobre un negro florero
con sus cadavéricas formas respirando.

Hubo un eco de gritos en la almohada
desolando mis sueños de verano
que asomaron mi invernal melancolía
debajo de esos cálices marchitos.

La angustia flotaba entre tinieblas
escapando a las ventanas entreabiertas
donde tierras estériles sin prisa
derrotaban los últimos pimpollos

Hubo un rumbo de nudo entre mis pasos
o un candado de pura enredadera
sin iniciativa el destino se efectuaba
inventé todo un sueño como un mundo.

Tu Poesía quedaba entre unas calles
que daban al mar en lejanía
bajo un cielo nocturno de tristeza
a punto de romper entre mis párpados.

Allí puse los ojos en la altura
y sin atreverme a descubrirte
estuve, estoy, mirándola
con los ojos empañados de nostalgia
con que miran los ciegos a veces.


Rasgué la penumbra buscando tu cuerpo

sin encontrarte, claro, a la mañana
donde un sol desnuda mis párpados ingenuos
de tu ausencia fría entre mi cama.

Entonces entreabrí los libros de mis sueños
busqué con dedos ciegos los rasgos de tu nombre
mas sólo reencontré en sus ángulos oscuros
los ecos del silencio en sus páginas quebradas.

¡Qué mundo me inventé de cárceles dormidas
qué soledad vestida con complexión de humo
qué honesto sentimiento que duele a las mañanas
rodeado entre el desvelo de noches empapadas!

Ayúdame a salir de este sueño que me habita
extático y estático en mi ataúd de huesos
cubriéndome los días con sábanas pesadas
bordadas con las tintas de la luna traicionera.

Si acaso yo soy hijo de esta vida pasajera
y en carne visto flores de efluvias primaveras
tan sólo en poesía sobreviva a esta materia
de frío azul vacío, hastío, calavera.


Álgidos campos

borrascosa higuera
que en dolor diamantino se alza
por la pradera.

Sombras de negros campos
poblados de tinieblas vespertinas
que decaen
sobre el numen de los cuerpos transitorios
de las vegetaciones.

No miraron aquella pleniluna
aquellos pasajeros del presagio
ni miraron su mano semidura
ni miraron ni a su madre
Ni a su hermano.

¡Qué llorar es ese que se escucha
debajo de la noche más infame
donde el cuervo se ha posado sobre el alma
sobre el alma del infausto condenado!

¡Ay, de los negros campos
borrascosa higuera!
tu perfume de fragancia obscura
me renueva los espantos viejos

No derroten tus álgidos campos
tu higuera borrascosa
la frágil ventana
donde sueño, muero y vivo, todavía.

INÚTILMENTE


Otra vez
me obliga a dejar de lado los números
las palabras me brotan desde el pecho
porque algo me apuñala el sentimiento
algo me sugiere que la vida se me acaba
y que la muerte es más temprana todavía.

Entonces me es necesario
cambiar los papeles, llenar los vacíos
recrear todo desde la nada misma o desde ese algo
que palpita en nuestro pecho
esa llama fugaz de incandescencia
ese hálito de sueño vespertino.

Aunque la ventana esté cerrada
aunque nunca esperes salir de éste tu encierro
aunque todo se acumule tras tu espalda
No te olvides nunca de la esencia
de la vida.

Que nunca te pase
saber y sentir
que todo se te escapa de las manos
inútilmente.





El prado aquel

furioso clavel de antaño
ojo filial de primavera
enrevesado en la palabra.

Yo, marchito con los años
pocos y muchos de nostalgia
mirando atardecer
en el frío mármol de lo absorto
todo rodeado de pensamiento.

Llevo en la cruz de la tristeza
la grave anécdota de lo postergado
la hoja seca de lo que ha sido
pura tontería ensimismada.

Llega sin embargo el canto libidinoso de los pájaros
y hasta el más sublime paso
y hasta el más sublime vuelo
me parece destinado
como suelen destinarse las mortajas a los muertos.



Ahí está la Muerte,

vieja e irónica se ríe,
se ríe de todo,
se ríe de todo cuanto hago.

Ahí está la Muerte,
que me mira, que me observa ahí escribiendo,
hay un gesto sarcástico en su rostro…
en su rostro escaldado de cenizas.

¡Ya no me es posible,
seguir escribiendo!

Créeme lector
yo he roto más papeles
que los que caben en los anaqueles de tu mente.

Y aun así,
sin embargo
en las noches de profunda tristeza
tomaré la pluma
una vez más
solamente para verla vencer
mis más inútiles pesadillas.


DESCONSOLAMIENTO DE LA ESCRITURA


Un día más, ¡y qué importa!
hace tiempo creía ya en el mañana
creía en levantarme
creía en el martillo y forjarse cada uno su temple...
abrir la ventana
llenarse los pulmones
todo era posible.

Hace tiempo ya crecía entre los cielos
haciendo de las nubes un muñeco
bajaba ya sin culpas ni condenas...
hace tiempo ya que ya no sueño.

Un día más, ¡y qué importa!
¿acaso uno es uno en un millón?
Hace tiempo ya que en nada creo
que no creo en nada
medianamente posible.

El mundo me ha enseñado a pura vuelta
a marearme entre sus vértigos postizos
a vomitarme mis anhelos.

Hace tiempo ya, que ya no creo
poder creer que valen la pena
estos días que me pasan como el aire entre las manos
rezongándome los dedos.






Cuando el miedo nos empieza por dejar

atrás los placeres lejanos del sonido
entregado, le he, al dolor de un filamento
estos pétalos hirientes.

Y hubo un porqué y una causa sosteniendo
los perfumes amargos de sus formas
y una nota clavada en las espinas
que me dice que ya es tiempo para siempre.

¿Acaso algo sea
después de todo aquello
increyendo desde el suelo hasta lo eterno?

¿O sólo rosas putrefactas del olvido
dejaremos como sombras del recuerdo
sustentando las palabras del sonido?



Una noche encontré

quebrada en mis latidos
durmiendo de mi pecho
tu testa, tus suspiros.

La aurora no agitaba
mi corazón adormecido
quedabas en la almohada
del alma como un cirio.

Quisiera me dijeras
qué sueñas dentro mío
qué llama en tu mirada
es ardor entrometido.

¿Cuándo liberas de mi alma
lo que dejaste conmigo?
..................................................

Se abre un libro envejecido
y del poema escondidos
¡ay! tus ojos polvorientos
son sus versos más antiguos.

¿Será eterna la luz que nos infunde

la vida en nuestros cuerpos transitorios,
o es el polvo de los huesos mortuorios
en rumor, nuestra última morada?

¿Será el fin de mi alma enamorada
cuando sola se alce al alto vuelo
olvidando tu nombre y tu mirada
quedar desvanecida en tanto cielo?

¡Oh, la vida que aun corre por mis venas
llevando hasta mi pecho el leve aliento
de amarte más y más en mi tormento
cual viento enardeciente de mis penas!

Mis edades ya fueron soledades
vistiendo los lamentos más antiguos
cansado estoy de pasos tan contiguos
que de un salto quisiera las verdades.

Tu Belleza que trepa realidades
es ensueño que llega hasta mi lecho
y me quedo mirándote en el techo
ya despierto entre inmundas suciedades.

En mi esencia tu forma resplandece
al instinto vital de mi alma oscura
que en tu rostro hallara la blancura
de la luna en la noche que estremece.

Ya no quiero amarte así enterrado
volando solitario entre los cielos
ni ser polvo o vestigio enamorado.

Sólo quiero tenerte aquí a mi lado
esparciendo el dolor de mis anhelos
como flores abiertas en tu prado

DEL AMOR IDEAL EN POESÍA



En el fondo profundo de este aljibe,
cual si fuera una voz desde el silencio,
yo he escuchado, no pocas veces,
tu voz hermosa llamándome.

Y mirando del pozo oscurecido
el eco retumbando mis oídos
asomándome al hondo precipicio
he escuchado tus suspiros.

No pocas veces, oh mi amada,
yo he escuchado tu voz llamándome.

Y la duda me asaltaba entre las sombras
buscándote en la boca de ese abismo
sumido en las fronteras de sus labios
la rosa de tus besos prometidos.

No pocas veces, oh mi amada,
yo he escuchado tu voz llamándome.

Y lanzándome al fondo del vacío
por los sueños alados de mi vuelo
a las redes sutiles de tus brazos
me quedaba para siempre contigo.

--------------------------------------

No pocas veces, ya despierto,
he buscado como abeja entre las flores
la miel pura de tu voz en los aljibes
y el dulzor de tu nombre en sus acentos.

Pero siempre me caigo en esos pozos
donde sólo se escuchan mis latidos
y me vuelvo escalando entre las sombras
a no darme por vencido.

Y te busco como siempre te he buscado
pero siento ya en mí un leve abatimiento
porque temo que en mis sueños sólo existas
y me quede para siempre, siempre solo.

Al llorar de los aljibes

De ladrillo sumergido
Entre sombras insensibles
Canta el sapo entristecido

Levantado en la aspereza
Bajo la noche estrellada
Alza al canto en su rareza
Una flor envenenada

Es hombre o vil renacuajo
Quien canta en el cosmos bajo
Lo que canta dentro mío.

Rondando la oscura boca
Sus anchos labios de roca
Son el borde del vacío.

Cuando suele suceder

que las sombras se aproximen
entonando su lamento
hecho prosas insensibles
de los versos como nubes
penetrando en lo imposible
de la oscura oscuridad
se oye un canto incomprensible.

Del olvido a la memoria
un misterio inaccesible
es la Muerte nuestro emblema
nuestra móvil, nuestro origen
como un sueño que dirige
o una noche agazapada
el trasfondo permanente
de los ojos de la Esfinge.

Ser espectro y brevedad
porque sólo para amarnos
hemos sido diseñados
nuestro cuerpo, nuestra edad
solamente para amarnos.

Y yo, que ya nada amo
más que el faro inexistente
que en tinieblas se distingue
por las nieblas de la mente
¿a qué ya existir?
como rueda o como espera
forma absurda y pasajera
de un puñado de cenizas.

Sólo habrá de comprenderme
el que andando sólo encuentre
un silbido sin sentido
o el clamor de los cipreses
todo un mundo ennegrecido
en hondas sombras contundentes.

¿Qué me habrá de esperanzar
en el fondo inaccesible
donde vivo en mi cadáver
como sapo en el aljibe?
en las sombras sumergido
cuando vengan a buscarme
si ya muerto estaré vivo
porque he muerto a cada instante.

ROSA NEGRA


A quién enamoran los ojos sin brillo
el fulgor vacío del abismo hundido
en lo subterráneo, en lo sepulto
del entumecido corazón enmudecido.

A quién enamoran los ojos fijos
el pestañeo del suicidio
la mirada diamantina en lontananza
de la cima nevada del hastío.

A quién enamoran las manos secas
las hojas muertas del árbol caído
de la desesperanza, del desabrigo
de raíces arrancadas al suelo vivo.

A quién enamora mi amor en dolor
danza triste despedazada en pétalos
la flor bermeja nació muerta
en los azabaches de su silueta.

A quién enamora la rosa negra
si a mí me enamora tu ausencia.


SUEÑOS NEGROS



Sentada entre nardos y lirios
mi amada entre blancos pétalos
flotaba en mis sueños negros
mi amada entre blancos pétalos.

El rostro redondo de talco
cobijaba sus pestañas cerradas
entre algodones temblando en mejillas
por las largas lágrimas enterradas.

No llores mis sueños mi amada
no manchen tu limpia cara
las sombras hondas de mi mirada
no lleve tu piel
mis besos amoratados
ni tu pelo mis enredos
ni tus manos mis manos
ni tus ojos mis llantos
no lleve tu voz mi canto
lúgubre: Te amo.

Entre las delgadas hendijas de la ventana
la claridad entraba mezclando lo oscuro
con paulatinas penumbras disminuyendo
dejando mi sueño cual falso murmullo.

Y yo entre crepúsculos cierro la ventana
para no mezclar lo blanco con lo oscuro
para no mezclar mi nombre con el tuyo
te soñaré eternamente mi amada
sentada entre blancos pétalos
desde la sombra profunda de mi sepulcro.

Una noche ante mis ojos

de tu luz esperanzada
vi desordenar estrellas
por tus manos alineadas.

Entonces me dijiste
forma un cisne si te agrada
cuelga estrellas libremente
sobre el fondo de la nada.

Tú me diste allí un puñado
las tiré y se me cayeron
hasta el fondo de mi alma

Tira tú que yo no llego
las estrellas que yo llevo
en el alma se me apagan.



Cerré los ojos por no verte.


¡Cómo quisiera ahora
en esta hora paulatina
quedarme adentro de un espejo!

La vez aquella que te dije
que hay un duelo durmiendo en las aceras
un vacío vestido de esquinas
ciénagas cansadas de las diarias rutinas
no esperaba encontrarte ya tan triste.

No esperaba encontrarte ya tan triste.
Miré esa vez mis ojos y te dije:
años verás que nuevas luces
acaricien suavemente los crepúsculos
y ya abierto al cristal de tus ventanas
al fin verás
soñar los días, amanecer las noches.

Tus vidrios están sucios y opacados
no esperaba encontrarte ya tan triste
ni siquiera en una lluvia que los lave
ni empañarse al aliento de la vida
están tristes
están tristes de cenizas
como un lánguido cielo encapotado.

¡Cuál dolor podrá ahogarme el sufrimiento
de tus ojos muriéndose en la aurora!
ave herida encogiéndose en el suelo
no esperaba ya pronta tu mirada
inocente y pálida al reflejo
mirando los contornos de la nada.

La otra noche te dije sin embargo
que aun así te embellece la sombrera
que aun así tu mirada centellea
mirando por detrás de las ventanas.

¡Quién pudiera vencer en los cristales
esas cárceles profundas de tu cara!

Ya mirando ese humo que se esfuma

de mi ventana a la nada infinita
creo advertir en lo fugaz de su figura
un destello de tu vida y de la mía.

Creo entonces que te veo y no te veo
en las noches que acechado por tu ausencia
yo te invento como inventan las estrellas
esa luna de los cielos más oscuros.

Cuando solo yo me quede y tú te vayas
lentamente diluyendo por los aires
como incienso en el dolor de mi mirada

En mi alma dejarás el desaliento
del que estando añorando el puro cielo
se ha pasado la vida entre la nada.


Descendió en mi rostro

y en el rostro de todas las cosas
aguzando alfileres
clavando en las ventanas soledad de muros
inclinando las cabezas de esos sauces cansados
su humedad de angustia pegándose a las ramas
en el no sé qué, o en los caminos densos
de cementos en la almohada
o en el frío sinuoso de lo que rodea
corazones hambrientos de tibieza.

Y la alarma y el reloj y el todo
de vuelta instalando
su feria de diamantes el verdugo
sin zonas que ocultarse tras las flores
pintándose las caras sus caretas
de verdes carnavales
escapándole a la lluvia y al presagio
del reproche de los vientos o las nubes.

Acostado en el dolor
una sombra visitó mi muerte
vistiendo de tinieblas las ventanas
los encierros de los ojos siempre presos
de mí mismo
esa musa, esa mujer, ese demonio.

Pero un día nos quebramos
y al reflejo nos vimos existiendo
y a los ángulos estoicos del entorno
muñecos inmóviles del tiempo
rodeados de las cosas y sus nombres
fundiendo nuestras aguas estancadas
sintiéndonos tan sólo el puro cuerpo
rodeados por sus sólidos contornos.

Entonces nos dijimos
ya era hora del adiós y para siempre
volvamos cada cual a su guarida
yo a la vida, tú a la sombra
tú al silencio que se oculta tras los campos
yo a este canto
a este cántico banal de la existencia.





Han puesto en silencio

su hermoso cuerpo
de nieve de claveles
tranquilo, inocente.


…Y la oración se marchitaba
en su rostro evanescido
donde pájaros sin nido
revoloteaban de mi mente.

La palabra en un cajón
nunca supo ser la muerte
nadie trepa a su balcón
sin caerse.

¡Oh, y no la estoy buscando
simplemente
la estoy mirando!


… Sopla el miedo en un rincón
de su velo
dormitando.

Fulgor de indiferencia en tu mirada

coronada de lirios en tu frente
lápida en mármol de tu sombra ausente
humedad de los lagrimales.

Me lleva en tus silencios tus arrugas
cansada de las olas en la cara
que parte oscurecida hacia la clara
tierra solitaria donde madrugas.

En la forma final de tus contornos
encajonada flor de los adornos
yo investigo las sombras de tu alma

¡Oh, la angustia que sube de tu calma!
donde mira acostada en tu regazo
una rosa muriendo en el ocaso.

Tú te has ido a la sombra aquella

a aquella sombra
donde no penetran las palabras
al intervalo de la ausencia, al silencio
a vivir las soledades
debajo de una rosa y su fragancia.

Hay noches que en el pecho se sintiera
que inútil es la espera de la muerte
que sólo somos formas de los vientos
que pasaremos...
entonces me parece
todo una mentira.

Te llevaste tu presencia con la mía
algo de mí mismo con tus ojos
abiertos y vacíos tras los párpados...
todo estaba allí y sin embargo
me era incomprensible
estar mirando que no estabas.

No quisiera dejarte yo tan sola
si siquiera el sentimiento te llegara...
tal vez en los rincones más sutiles
De la luna o las estrellas
que esta noche están abiertas...

Quizás nos reencontremos en la muerte...
aunque también, quizás,
nos hallamos perdido para siempre.

VELATORIO


“Ahí estás;
larga caja de pino”
Alfredo Zitarrosa.  (Enrique Estrázulas)

Miro el hielo enmudecido
tono pálido del rostro
muro hosco que del otro
lado es puerta del olvido.

Aquí queda el mármol serio
las tinieblas de los ojos
lo que queda son despojos
rezumando el cementerio.

Seca y honda la madera
resuenan en parca espera
las largas camas postizas.

De mi mano en calavera
siento en carne verdadera
forma infiel de las cenizas.



MELANCOLÍA DE LOS MUERTOS



Por los techos de los sepulcros olvidados
los callados aullidos de los difuntos
retumban en las hondas maderas
buscando las formas perdidas
por las esquinas de tierras y cenizas.

Bajo las cruces rígidas y torcidas
los gusanos aun devoran las carnes
podridas de los huesos desgastados
que fueron estructura de cuerpo
acción, sentimiento e idea.

Las flores obligadas llevan los pétalos
en vivas lágrimas de hiel y rocío
que caen sobre las lápidas serias
temblando en los nocturnos silencios
en espera de la muerte inevitable.

Por las entrañas de la tierra
los cadáveres se retuercen
como niños en sus cunas
desdeñando las soledades completas
buscando la leche tibia de las madres lejanas.

Los ojos de vidrio miran la nada
como ventanales de los cuartos vacíos
que han dejado para siempre abandonados
impregnados de recuerdos y de ausencia
en los objetos amancillados y descoloridos.

Por las fronteras subterráneas de los sentidos
se intuyen, se presienten, se anticipan
las melancolías de los que ahora se abrazan en muerte
de los que ahora sólo cenizas son
como nosotros, sólo polvo.


Lo que el tiempo me incide,

fue de su obra majestuosa la llamarada impertérrita
que aun hoy provoca mi ánima al desconsuelo.

Leo otra vez, y leo cuando lloro incluso
entre gotas inconclusas,
que rompen nomás entre las piedras que no callan.

Vacía de piedad está la lengua,
creada por morteros infractores,
detrás de cada diente hay un infierno,
mortificando pecadores.

Lengua adusta de flama y de veneno,
la aurora no está puesta y sin embargo,
aclara en mi cerebro todo un mundo.

No dejéis que haya un dios como amuleto,
ni un demonio con cara de borrego descarriado,
cada cual haga lo suyo de estos áureos fangales inconscientes.

Pudo ser ventriloquía, o pura magia ilusionista,
pudo ser mi fantasía, pudo ser fanfarronada,
pudo ser el conjunto del acento
y de la rima en palabras circunspectas,
serventesio del alma ironizada,
del espíritu humano ridículo,
del invierno irremediable,
del espanto inmarcesible de lo cotidiano,
de desagotar la vida gota a gota,
o de mi tendencia natural a la melancolía.

Tenaz de esperanza,

persiguiendo el espíritu de la intolerancia
trepo como producto de la insensatez
estas estrofas carentes de sentido.

Palabra por palabra plasmando las ideas
fugitivas rosas pulverizadas por el viento
imágenes de platino desde el fondo de mis ojos
que dejan mi metáfora diseñada en tu reflejo.

Para acabar de una vez solamente el coraje
se precisa para acabar de una vez
pero tal vez esa sea la impericia
del que no puede hacer precisamente ya más nada.

Quizás callar de una vez y por todas
toda esa falsa percepción de los sentidos aguzados
toda esta misma displicencia admirante de tus ojos
que acarrea con su vista mi desprecio permanente.

Mataré con la palabra estos brillos solidísimos
quebraré con los acentos esas rígidas posturas
acomodaré el verbo en el ángulo preciso
en que disparando un verso hacia el blanco de tus ojos
sabrás reconocerme en lo ajeno como propio.




Dieciséis velas calvas

clavadas de frente en la exacta
prontitud de un pastel.

Dos hijos histriones
vestidos para la ocasión
miran fijos un millar de estrellas
miedosos del placer de lo casto.

Dieciséis cumpleaños adornan
la palabra estúltica, filosa
de un sí forzado, abominable
desgarro abdominal.

UNA RATA ACUCHILLADA



La soledad vagabunda
en su interior me resguarda
del mundo en su penitencia
en sombras de su nostalgia.

Anoche fui el vil mendigo
que en calles de la ignorancia
andaba cual peregrino
tras el rumor de su flauta.

Pero el dolor es un filo
que nos inunda en el alma
el negro fugaz cuchillo
mortal de desesperanza.

El frío anunció su centro
al corredor de la muerte
ya todo quedó dormido.

No creo haber merecido
las luces de este silencio
ni el roce de estos caminos.

ENVENENAMIENTO DE LAS PALOMAS



Desperté una mañana
en prados de nieve
soñando perfumes
de blancos claveles.

Y quise abrazarte
buscarte en la luna
la niebla en la altura...
sus altas redes

¡Dejadme ancho el paso
que llevo en el pecho
mil horas de llanto
de desconsuelo!

¡Dejadme altas redes
dejadme en sus brazos
dormir como un niño
inconsciente!

……………………………….

Ya cede la niebla
y el prado verdea
en bolsas se llevan
palomas muertas.




OCÉANO



La misma invernácula proeza
amancillada de espanto tras las nubes
el viento me acaricia sin embrago
el rostro descuartizado de espinas.

Estaba la corvina agonizante
en la orilla espumosa y retirada
donde un cúmulo espeso de aguas negras
ensaliban un beso de la muerte.

La arena estuvo gris, estuvo estaba
la arena acumulada en los rincones
la harina intempestiva de las manos
el hondo suspender de los pulmones.

La arena estuvo gris, estuvo estaba
más tristes que morir en los cementos
el agua estacionando cementerios
parece estar sonando los sartenes.

Sin ropa están gimiendo las palomas
que agitan ya sus alas sin embrago
espanto que remueve entre las sombras
esos ojos aprontándose a la muerte.

Estaba la corvina agonizante
estuvo estaba la paloma
está la muerte masturbándose en las olas
está en las olas
puras rondas de la muerte.


LIRAS POR MI SONETO


Serena agua que en paz desliza
Su clara lengua que en brillo embarga
Mi faz serena de mar sin risa
De sombra ignota de gota amarga.

Por las riberas del prado arriba
Dejan de huellas mis soledades
Los cauces rotos de savia viva
Los años muertos de mis edades.

Agua que corres por la cantera
La sed serena del que te espera
Con prados lánguidos y sedientos.

Las voces puras que dios te diera
Vierte en sus rosas de primavera
Y apaga el ruido de sus lamentos.


Abrevié el ancho mundo en tus pupilas

De sendero muriéndose a mis pasos
En el mal rosedal de los fracasos
Y en el pecho inmortal de blancas lilas.

Miré el puñal que el viento manso afila
De brillos fríos y perfumes raros
Asesinatos de tus hierros claros
Que en tu mirar vibrante no vacila.

Bañarme en luz de tus enormes ojos
Con flores muertas y rosas suicidas
En la penumbra de los cielos rojos.

Cuando despierten mis sombras dormidas
Iré a buscar detrás de mis despojos
Las alas muertas de mis dos heridas.






INTRO-DOLOR



Así las sombras roncan sin rencor
avanzando en el viento embravecido
cual si fuera un emblema ennegrecido
tu bandera plantaste en mi dolor.

Y de mi alma sostengo la deshecha
esperanza que el céfiro deshace
en las puertas cerradas donde nace
golpeando la razón de la sospecha.

Tu presencia es ensueño que no avanza
que se queda flameando en el silencio
cuando ansío el fulgor de tu mirada.

Tu bandera es mi voz que nunca alcanza
a decirte el amor que te sentencio
porque nunca te viera enamorada




Mirando el atardecer de la vida

de los tiempos que muertos ya han pasado
se oyen voces que nombran mi perdida
flor de la edad que en sombras se ha apagado.

En el cielo de luz desamparado
¿qué ilusiones traerá tu despedida
a la noche en mi pecho desprendida
esperanza de un pobre condenado?

En el hondo fangal de esta laguna
Estoy siempre buscándote en la luna
Como sueños soñados en la altura.

Si hay estrellas que brillan entre ellos
Tal vez una pudiera en sus destellos
Traerme hasta los ojos tu figura




LA MUERTA ENAMORADA


El céfiro gobernaba
las ínfulas de su pelo
su continente de hielo
las noches imaginaba
palabras que no alcanzaba
a deletrear mi intelecto
las sombras de lo perfecto
en su aspecto, en su mirada.
Ella cual astro callada
sus prados andaba lejos
dejando de altos espejos
mi presencia rezagada,
olas borraban la estrada
rosas caían al cielo
mirábala desde el suelo
mi ánima enajenada.
¿Acaso hay un canto luego
de la noche más temprana?
¿Acaso exista el mañana
donde no amanece el fuego?
Hay veces que como un ruego
por la ausencia cotidiana
rendimos en la ventana
nuestro hondo desosiego.
Yo la miraba de lejos
ella de lejos miraba
mirábanse dos espejos
espejos que se miraban.
¿Pudiérase acaso decir
que acaso necesitaba
aquello que no le daba
para poder existir?
Pues luego de ella morir
muy triste en la noche andaba
repudiándome mi mentir
y diciéndome cantaba:
Tú no sabes lo que fui
tú no sabes nada, nada
aquel día en que te vi
se queda en la madrugada
tú no sabes si viví
o si he muerto en tu mirada
Esperanza soy de ti
la que ha muerto enamorada.
Luego el silencio cortaba
de sus labios los acentos
del rostro los sentimientos
morían o se ocultaba
su cuerpo se me quedaba
inerte como esqueleto
estático como un reto
que luego se evaporaba.
No creas mi blanca amada
algunos hay que nacimos
sintiendo que nos morimos
viviéndonos en la nada
hay noches que no son vanas
que aturde el remordimiento
de un cuerpo que está sediento
en un alma que está cansada.
No creas mi blanca amada
que acaso yo no te quiero
te quiero en lo prisionero
de mi absurda encrucijada:
¿Porqué amarte si el morir
es el fin de todo amarte
y si muérome al vivir
qué otra cosa habrá al amarte
que no pueda concluir
en un frágil despertarse?
Si la muerte es un dormir
y si muerto puedo amarte
soñaré que te perdí
en la vida por soñarte.






Y, entonces,

tú que pensarás de mí,
de mi rostro, de mi sufrir
de mi ganas de no ser
de mi hora de morir
de mi lucha por sentir
de mi forma de nacer
de mis sombras, de mi espera…
tú que pensarás de mí.

¿Habrá quién, de estas palabras,
intuirá el sonido que hoy le dejo
desde el fondo de mi pecho
que quizás ya no palpite
más que los pálpitos que a los muertos
solamente les conviene?

Las lágrimas son
y está llorando
esta poesía
en mi corazón
llorona de versos
que respiran flores.

¿Y el fondo de un sol
será como un rostro
al que nunca accedan las miradas?

¡Deja ya de escudriñar mi corazón,
que te incumba solamente lo tuyo!
¿Qué vas a encontrar entre latidos?
¿Qué vas a encontrar entre estrofas?

Primero,
sentí el dolor que me perdió
y luego,
el dolor de sus ojos encendidos…

Temblando estoy
como una noche en tus ojos
de estrellas atestado
a punto de llover.

Si tú murieras
ahora mismo
¿a dónde se iría mi mirada?

Lejos,
contigo,
¡mas nunca mi corazón!

Es mi lira una canción

que busca su procedencia
en las rimas de su esencia
como el sueño en la ilusión.

No habrá más que confusión
es precisa la paciencia
de quien vive en penitencia
duplicando la inclusión.

Que me baste la intención
no es cosa de mala ciencia
ni de ultra negligencia
cuando enciende la intuición.

No reproches mi pasión
mis falencias mi carencia
pues mi vuelo es apariencia
de un ensayo de emoción.

Sólo causa devoción
la Palabra sin valencia
que en la absorta indiferencia
se separa a la invención.

Al poema y su inacción
yo le sumo la incoherencia
de este Amor que me sentencia
a luchar en su ficción.

Otra cosa es la ambición
otra cosa es la demencia
yo renuevo la inocencia
de escribir sin condición.

Es mi lira una canción
y una voz de la existencia
conmovida en la inclemencia
de que todo es extinción.








“Poemas inspirados en la obra de Jorge Meretta”


Detrás de qué minúsculo movimiento de tiempo
entrarás de nuevo con tus trenzas libres
rodeándome el cuello
detrás de qué espejo.

El día es un candado
de muerta palabra seca
lleva la palma
de mensajes secretos
que palpitan
matemáticamente infaustos.

Casi como el cielo
necesito en tu piel de mármol
acompasar el destino
vestir el luto siniestro de tu incógnita
visitar tus años
con el trazo sombrío de mi tacto
con la tinta indeleble de mis sueños.


Enmudecido


Pálida luz encajonada de golpe
reflejo de espejos enfrentados
vana aparición, rostro suspendido
coloquio de ojos filosos.

Frontera crepuscular del ser
penumbra del ayer, responso del sentido
mármol inadvertido, cárcel del sonido
tímpano abierto al otro.

Yema gris de suciedad, margen de la oscuridad
sombra quebrada en el piso
pozo de la realidad, sangre sin velocidad
vaso en el verso vertido.

Imagen de sueño arrepentido
cielo grisáceo y vencido
muerte de lo pasajero

Cadáver de lo venidero.
vástago traicionero
del tiempo sordo. Enmudecido.



“estás sola
estoy solo
pero a veces
puede la soledad
ser
una llama”
Mario Benedetti

Lenta de oscuridad

sobre mi pensamiento melancólico
hambrienta de sonido la hoja cae en blanco
relumbra bajo la cansina llama de lo presentido.

Comienza a arder, cruje, crepita,
el fuego invade, conquista a su manera
y recubre tu recuerdo con su ávida sustancia
que avanza, crece, se multiplica, quema.

Distantes, semejantes a pestañas
tus ojos convergen al interior de mi mirada
negra parpadeando a la par alternando luces intermitencias
de aspecto lunar apartado por el número infinito de los días.

Llama de luz que apaga mi nostalgia
tu recuerdo fue un minuto de luz y de ceguera
una flor de naufragio hacia un sueño de cenizas
un murmullo apenas de eternidad e incendio.

CON EL ALMA ENTRE LAS CUERDAS


Hombre sin nombre
al arte de madera diste sutil
tu gracia traicionera
tu manera de acariciar la estrofa
guitarra entrecortada de lamentos.

Cadáver de cruz entre los labios
humo de interfaz intermitente
el cuello arqueado apretado al instrumento
susurra gritos impensados, cárceles de sonido
a la manera de un zorzal cautivo.

La esperanza viaja entre las alas
la palabra arremolina entre las cuerdas
un dolor de estaca puesta, horizontal, pensante
una espada musical de trascendencia.

A la espera queda la carne, la madera
su voz enorme envaina finalmente
y de música en las uñas
el hombre acalla entre los callos de sus manos
un gusto de infinito en el bolsillo.


AJEDREZ Y RIESGO



Bordeando el color de un final casillero
Un fiel caballero a su rey renunció
Buscó en su interior su reino verdadero
Y en aras de un sueño se encaminó.

Dejaba atrás esos tiempos de juegos
Donde los peones se matan de a dos
Mientras los Señores gobiernan de lejos
Sus remordimientos de ser superior.

Si el cielo reparte entre blancos y negros
Caballos ligeros o peón servidor
Oblicuos alfiles o faros laderos
Yo seré en mi juego, mi diablo y mi dios.

Entonces forjando su espada en el viento
Entre sueños de acero juraba en su honor
Seguir de sus pasos aquel verdadero
Clamor argentado que brilla en su voz.

Y solo seguía mirando de lejos
Lo blanco del día en su noche interior
Oculto al cuadrante de su miramiento
Al social regimiento de su alrededor.

Fue así que en un día de jaque y silencio
Quedó acorralado aquel gran gladiador
Entre poesías de ajedrez y riesgo
La espada blandía por su rebelión.

Luchó por su vida sin llanto y sin miedo
No ha muerto aquel día si hay peor perdedor
Que aquel que ha pasado sus horas de juego
Jugando entre ajenos tablados de honor.

Recuerda, no creas que hay huellas ni enredos
Que sean senderos de tu obligación
Recuerda que tú eres tu dios verdadero
Tu rey más sincero, tu propia ilusión.

Si quieres ser bando de aquel caballero
O crees que tu vida alguien la encadenó
Revienta en tus pasos dormidos de acero
Aquellas cadenas de tu corazón.

Ser libre ante todo es el bien más supremo
No creas que el mundo está hecho sin vos
Sé libre y enseña tus alas al cielo
Libérate al yugo de tu predicción

Vente conmigo que iremos ligero
Caballos sin freno de tu inclinación
En busca de la Humanidad, extranjero,
No habrá casilleros que encierren tu voz.


HAIKUS

Cae una hoja
al fondo del aljibe
flota en mi alma.

Cae una hoja
desnuda de guirnaldas
quedó la rama.

Llueve en el patio
detrás de la ventana
mi rostro pálido.

La barca rota
viajes de antiguos reinos
Sueña en el muelle.

Yo soy aquél
que mira en el espejo
su otro rostro.

Llama de vela
¿quién enciende tu luz
y apaga tu alma?


Flor de luz rota
por la noche fragante
la luna sola.

Por la ciudad
entre algodones sucios
vuelan los pájaros.

El libro abierto
vástago de los tiempos
su creador.

Pájaro muerto
plomada en el desierto
del mar del alma.