I
Indudablemente vivos, transcurriendo, diluyéndonos lentamente como un día que se acaba, nuestros pensamientos hechos de la nada fugaz de la existencia, dejaremos un día en las memorias apagadas, como símbolo de nuestro dolor supremo.
Se dejará ver, entonces, ese sol de hielo que tutela nuestras almas congeladas, ese ojo fijo que nos contempla como un témpano.
Y todo irá revestido de melancolía, esa romántica forma de la tristeza; la Muerte insinuándose en las cosas, susurrando con sus voces de silencio, resonantes palabras de ataúd.
¿Qué somos cuando rige el tiempo de los astros apagados? ¿Qué somos cuando el vacío diluye nuestras carnes y flotamos en el aire siendo todo y sin ser nada?
¡Ay, de las almas mortales cuando lo infinito se anuncia inaccesible! ¡Ay, de esta fría tristeza que me acecha como una luna inefable!
No es posible, no, someterse a esta cotidianeidad, cuando el sol es un astro abnegado la noche nos conviene, y para un alma oscura, vivir entre las sombras es la forma más certera de pasar inadvertido.
¡Oh, astro inexpugnable, tú eres todo cuanto quiero de Verdad, yo quiero pertenecer en ti mirando eternamente con desdén toda humanidad! ¡Elévame a tus alturas inconclusas, yo que las alas ya no siento, y la tierra me es incomprensible! Yo sé bien que en tu seno reúnes, ¡oh, nido luminoso de almas!, a los que rodeados por la inmensa oscuridad, fulguran en el suelo, tenues brillos esparcidos.
II
Aquí donde las miserias se han humedecido y las gotas caen con el sonido propio de lo abismal, me he encontrado otra vez absuelto, durmiendo los talles propios de la edad infinita.
Aquí donde brillan constelaciones de infortunios, donde los anuncios son relámpagos obscuros que se nos adentran ramificados en el alma, donde la sangre obedece los ritmos estáticos del hielo, me he descubierto, del reflejo, enteramente impropio.
Desde entonces el Espejo me rige con su esencia revestida de falsedad, una insípida sustancia, un claro manantial que reivindica la mirada que se emborracha de esas cosas que el tiempo no respeta: que no son.
Yo entonces sólo quiero lo eterno, lo efímero me es sólo instrumento.
¡Oh Creador, Tú que no has previsto estos sentimientos en los corazones humanos, danos por vez primera el Olvido como bendición, y quita de nuestras almas corruptas ese infortunio de la Razón !
Los pájaros, el arroyo, los cipreses, ellos no saben la muerte, ellos son solamente, solamente son.
No me recobrarán de estas demencias juveniles donde la Verdad se me presenta bajo las influencias nocivas de lo Supremo: de lo Abismal. La noche desde entonces me cobija con sus manos suspendidas y el olor nocturno me es una suave fragancia que llevo siempre atada a mi sombra diurnamente. ¿Les serán extrañas mis confesiones al que todo lo sabe?
No soy el primero que no se ha reconocido propio a la raza que le han determinado y sin embargo a nadie me aparejo. ¡A nadie!
Yo visito frecuentemente esos páramos mortuorios donde sólo cabe uno, donde las soledades subterráneas nos son totales ausencias, donde morir es sin duda lo que corresponde.
Una vez, entonces, una voz me dijo “Salte pájaro, vuela de esa jaula rota”. Y la carne me detuvo con su aroma putrefacto y derramáronse en sangre las venas no cortadas y trajeron los tallos rosas negras.
Y en mí: un jardín de sombras, una desolación, y el frío altivo del Hastío.
Desde entonces, la Luna reflejada en el arroyo, se me parece, sin duda, contemplando su solitaria lejanía.
III
Visitemos los tempranos extravíos de mi alma enajenada.
Seré conciso. Es necesario. Nútreme la duda pasajera de ser yo mismo. Quiso el Artista hacerme uno, distinto de los otros: mis iguales; diome la certeza de existencia: el atributo de focalizar la realidad desde un punto determinado. Ahora bien, resulta que la perspectiva me hastía, el determinismo me agobia. Es la realidad, la realidad del Artista, no la mía: ¡yo no soy su imagen!, ¡yo no soy su semejanza!
Visitemos, entonces, mi alma, mi alma que vuela ciertos cielos digitados, angustias fúnebres, ráfagas heladas de la sorda muerte.
Miremos las sombras tenaces que se despliegan sobre los suelos; las infinitas suspensiones de existencias ínfimas; los enjambres de voluntades intrusas; la mitad demencial de la multitud colectiva que contradice mi espíritu noble.
Seré conciso. Es necesario.
Adentrémonos, adentrémonos más aun en nosotros mismos; traspasemos la carne, los huesos, el alma misma; y luego, sólo luego, tendremos la mirada.
Trepad los escombros del cuerpo, las ruinas del alma hecha polvo, todo ese polvo ceniciento acumulado… y el desangre de los sentimientos.
¡Qué extraño me es todo! ¡Yo mismo me estoy mirando!
Yo podría ahora mismo abandonar éste mi cadáver hacia otras soledades allende las humanidades. Grises presagios me coronan. ¡Levantad la copa y bebed la Nada !: el aroma ausente que perfora nuestros estómagos hambrientos de lo eterno.
Ahora sólo tengo la mirada.
IV
Mirémonos sinceramente. Brota una lágrima.
Abdiquemos al fin de este postrer sentimiento, derramemos en gotas salubres la Tristeza.
Yo conocí a esa Señora, enorme como un árbol, derramándose en mi mirada, yo conocí sus formas languidecentes escurrírseme de los ojos; yo conservo el aullido prolongado que se apaga más allá de la garganta del moribundo extinto.
Mirémonos sinceramente.
¡Abdiquemos!
¿Oh, lector, que leerás en mí que no esté más allá de tu alma? No me echaréis al fin la culpa de tus remordimientos póstumos; yo solamente quiero no sentirme solo; la soledad me es propicia no obstante.
Escuchad; escuchad, oh hermano, tu pecho aclimatarse a los ritmos lúgubres en los que me resigno, respirad los perfumes amargos sanatoriales, bajad la cabeza y recibid la bendición perpetua de lo que se diluye, tocad al fin mis manos frías que la circulación ha desamparado…mirad sinceramente mis pómulos, adentraos en mi cráneo, ¡penetrad mis pensamientos!
Veréis nuestros ojos sucumbirse en la Nada , desgarradas nuestras mejillas etéreas, bajad y mirad por el orificio donde las narices han sido embutidas, y las bocas cerradas de las calaveras tiritando lo mortuorio. Luego, no precisaréis mucho para intimar la Muerte.
¿Creeréis acaso en cuentos de hadas, creeréis acaso en el más allá? ¡Ay, de quién conoce bien el arte de embriagar los corazones humanos!
V
Estos, mis ojos, ya no me reconocen. Es mi reflejo una mentira, un espejismo de existencia; una insípida y efímera materialización.
Estas mis manos, este mi cuerpo, esta conciencia de existencia se me está desdibujando; la absurdidad parece estar vistiendo todo con sus tonos lúgubres.
Yo quise ser lo que no fui, aunque no soy mi antítesis. Yo no soy el que fui ayer, quizás mañana ya nada importe.
Las voces del silencio rigen mis postraciones como olas que rompen la roca: pacientes y constantes; mi ánimo languidece, las arenas se acumulan y, apartado, soy una isla anclada en un mar furibundo. Somos, entonces, nuestros quietismos, nuestras no intervenciones elegidas, nuestro idealismo es, por fin, la nulidad.
Las ondas me traen, entonces, la soledad…como algo deducido, una lógica que me arrincona hasta el límite de mí mismo; ¡ya son nuestras voces puros ecos retumbando en tumbas propias!
¡Ay, y lo que me apareja el tenor de estas olas iguales!
¡Tengo miedo!, tengo miedo de descubrirme el pecho y ver que solamente estamos hechos de tiempo.
VI
Del sentimiento trágico de la vida, del que me apuñala el espíritu, del que solapado siempre permanece, estoy trayendo lo inefable de estas oraciones imperiosas.
Aunemos lo indescifrable de la Belleza , esa cualidad necesaria, lo que se insinúa y lo que se esconde, lo que nos embriaga de lo misterioso: lo que nos enamora.
Aparéceme entonces el alma deshecha en torbellinos contradictorios, en fragancias circunscriptas que guerrean; el dualismo teje entre sus polos un mar de dudas.
Vislumbra, entonces, óptimo lector, tú aun distante, la apaciguada desesperación de un corazón exangüe, ajado de sentimientos inconclusos, defectuosos y enfermos. Enlaza al fin mis sinfonías a mi apariencia, y verás claramente la sombra que se esconde del otro lado de mi rostro.
¡Palidez lunar, dota a mis ojos apagados de tu esencia secreta, otórgame la facultad de congelar todo con mi sola mirada, hazme tu refugio bajo mis párpados!
¡Ah, la cruel calma! Bajo mi rostro es noche ya, y mi memoria repercute el vacío que se insinúa más allá de las estrellas. ¡Oh, donde cierro los ojos y toda materia a la Nada obedece, y todo es oscuro como el Silencio, y la Soledad eterna y absoluta, Tiempo inexorable, Dolor! Como una inversa montaña me estoy abismando; yo soy la parte del témpano hundido que no se deja ver.
¡Mi Musa, la de los ojos del color de la Noche , la que yo veo sin mirar, la que sólo a mí me pertenece, pídote tan sólo que no me abandones, mendigo tu presencia misericordiosa, yo, tu único devoto! ¡Abrázame en el frío de tus pechos nevados con esa indiferencia con la que sólo puedes amar! ¡Dame de beber de tus labios negros, donde ha muerto la sonrisa para siempre!
VII
Cuando tú sólo tengas este amor que te debo
Cuando el frío gane tu alcoba, tus labios secos
No sean más que silencios que se abisman,
Miradas quietas, ojos ausentes, entonces nos fundiremos
Cuando tú sólo tengas este amor que te debo.
A nuestra frente, ¡Oh tú, la que nada esperabas!
De mis besos, lentamente, borrando las miserias
Seré una luz imperceptible en la noche prolongada
Yo seré el que traiga la Luna
A nuestra frente, ¡Oh tú, la que nada esperabas!
Y beberé de este vino que el Vacío ha fecundado
De las profundas fragancias que a los remordimientos embriaga
Te daré de beber de lo que reclaman nuestros paladares,
De los cálices efluvios del Olvido,
Yo beberé de este vino que el Vacío ha fecundado
Pero el sol de los relámpagos me ausenta tu mirada
Entre razones refulgentes de enceguecidas pasiones
Y de tu postiza presencia, mi vasta melancolía
Cierne sobre mis ojos todo un cielo encapotado,
Todo un cielo encapotado, cierne sobre mis ojos
La vasta melancolía de tu esencia imaginaria.
VIII
Oh mi amada, yo quisiera regalarte esa flor que nace en mi corazón, esa flor de fuego negro, esos pétalos de tus ojos.
Entonces yo me iría eternamente a la soledad victorioso, devolviendo las espinas que tu mirada me dejó. ¡Oh, dulce venganza! Del Amor usaste su lado oscuro, del Amor usaste su contrapartida inevitable, y la que fue tu desdicha ahora es la mía enfatizada.
Jirones llevo desde entonces en mi mente de remordimientos inextinguibles. Jirones llevo desde entonces en mi mirada lacerada.
Algo hubo detrás de tu cara alumbrándome el infinito. Algo hubo; como un destello divino, algo me repercutió tardíamente, algo ímprobo me resbaló hasta el corazón. No fue sólo Amor lo que me ha herido, no fue sólo Amor… hubo demonios metiendo sus garras en mis sentimientos más temidos.
Pero te quiero, insulsamente, y me niego a hacerte daño. Será mi destino hacia ti tornado mantenerme fuera de ti, y sin embargo, mirándote. Y, tristemente, tú nunca lo sabrás.
Yo nunca sabré la tibia miel que de tus labios ¡oh, apacigua todas mis desdichas!
IX
¡¿Qué explicarle?! ¡¿Para qué?!
Ella simplemente no vislumbró mi oscura silueta en medio de la luminosidad detestable en la que frecuentemente se desliza. Hubo otros argumentos, otras causas, otras direcciones. Ella simplemente no vislumbró mi oscura silueta en medio de la luminosidad detestable en la que frecuentemente se desliza. Y el encanto pudo más que las perversiones, y el espíritu tuvo melodías ya hace tiempo desterradas, mas el letargo de las cuerdas vocales mantuviéronse en hondo silencio … y las palabras escaparon de los ojos abismados violentamente hacia el suelo.
Me tocaste, sí, con tu brazo de hielo, rozando apenas el mío, y cubriéronse de escarcha mis soledades, mis anhelos y mis esperanzas todas. Danzaron ante mí, mil rosas como torbellinos inaccesibles, y de esas rojas oleadas de los pétalos rotos, diste en mí y en mis gravísimas heridas como una flecha certera: ¡ahora llevo tus besos que me faltan como estigmas sobre los estigmas! ¡Es necesario oscurecerse más aun hasta desaparecer completamente en la noche! Ella simplemente no vislumbró mi oscura silueta en medio de la luminosidad detestable en la que frecuentemente se desliza. Y yo la estaba mirando con mis ojos de sepulcro, con el frío marmóreo de mis ojos severos, implorando una rosa como ofrenda sobre una tumba, de mi cuerpo como tumba solamente una rosa…, y ella simplemente no vislumbró mi oscura silueta en medio de la luminosidad detestable en la que frecuentemente se desliza.
X
Anteriormente, cuando sólo nos teníamos, cuando la eternidad se proyectaba en tu mirada, cuando tú eras el sol que nacía, entonces… yo era feliz.
Anteriormente, sin ráfagas de sombras en mi pecho, sin zonas rotas en mi corazón mendigo, sin el ocaso de tu mirada sangrante, cuando tú solo eras mi hermosa amada, yo era naturalmente feliz.
¿Sinceramente brotará una lágrima de entre mis cantos extenuados?
Yo conservo de tus ojos el brillo, de tu pelo el perfume, el sabor de tu boca, la gracia excelsa de tu nariz. Yo soy el que en el pasado, está amando un Amor rezagado, en la efluvia forma de lo sutil.
¡Basta ya de nociones ambiguas! ¡Siniestra Belleza, te imploro el alma que has desdeñado; devuelve los ritmos vitales a este mi cuerpo exánime; abraza, por fin, este prematuro cadáver que sólo sabe sollozar!
¡Oh Silencio!, fríamente oscureces mi espíritu que abstraído discurre esa mirada que desde la Nada me observa lánguidamente ¡Respetemos esas lágrimas que se han solidificado en los vientos helados del Hastío!
Cuando por causa de un dolor inconmensurable, la mente despeñada ve peligrar la cordura en el círculo vicioso de los embrollados pensamientos, del rojizo cerebro que en la fragua de los metales encendidos se calcina, imagina un témpano anclado en un piélago marmóreo, y nivelando lo opuesto, como un promedio, toma entonces, una postura eficaz.
Así, entonces, relegando nuestro cuerpo a su inútil existencia, los sentimientos (las banalidades cíclicas que nos circundan) a su total indiferencia, seremos únicamente conciencia: la ínfima parte a la cual podremos sustraernos
Anteriormente, entonces, rompiendo las redes del silencio vastísimo, el sonido sutilísimo que a ningún tímpano accedía, fue de mi dolor su himno más notorio, y en voz callada confesé mi idolatría a esos ojos alejados. ¡Oh, Musa de los cantos tristes, ruega por mí y por lo que repercute en mí como un vacío! Yo te imploro renueves las flores marchitas con tus manos temblorosas y de tu forma oscura reemplaces a la que ya no existe. Besa con tus labios helados mi frente consternada de pensamientos febriles. ¡Dame la insensibilidad como una bendición, que aleje al fin de mí, el sufrimiento!
XI
Disipábase en la razón la tiniebla y sólo oscuridad quedaba en mi espíritu perplejo, una quietud exacerbante, la soledad absoluta e inamovible, el mortuorio silencio rondando mi cráneo, la resonancia del vacío en todo.
Dándome, entonces, la noche como un techo, en las cegadas moradas donde el corazón es un abismo, donde se escuchan los murmullos de los muertos, fue mi impasible morada una recóndita cripta. Y allí, bajo la tierra húmeda de esqueletos nerviosos, mis lágrimas subterráneas fueron un claro manantial, en el dolor, purificantes.
XII
Cuando el hartazgo nos imprime el difícil arte de la desesperanza, como una mirada pasajera puesta como un puñal en mi alma, de tu mirada evasiva yo guardo lo más certero de tus ojos mortales.
Así, de tu mirada severa, de tus ojos mortales como puñales, abatirás este mi semblante para siempre trocado en dura cera. Nunca más se verá mi rostro reflejar las dulces luminosidades de la sonrisa, nunca más se verá mi alma resplandecer bajo las caricias del amanecer absoluto.
En la cúspide borrascosa de la mente, yo ahí despeñando la cruel ansiedad de tu presencia improbable, retorciendo los espantos de los pensamientos febriles como un buen tejedor de nudos calcinantes, tu nombre será en mi frente un cadalso amenazante, tu nombre será por siempre mi más dulce tormento.
XIII
Tú que me miras incrédulo, distante, óptimo; tú que no descifras qué araña me ha tejido en los ojos la desesperanza, tú que me degradas para sentirte seguro, tú ingrato, no eres más que una excreción del ser humano.
La historia me ha enseñado: es la humana esencia el extravío, auténticas manifestaciones de conciencias amanecidas en lo inabarcable, luces infantiles en la inmensa oscuridad; la angustia, naturalmente, crece en los corazones mortales como los gusanos crecen en los cadáveres. ¡No dudéis de un instante de mi humanidad! Es tu presencia la que me despoja del amor hacia los seres humanos. Es tu rostro perfectamente imbécil el que deploro. Es tu egolatría la que hierve mi sangre; yo te empujaría, sin dudarlo, de esos altos sitiales donde ostentas orgulloso tu trono irreal.
Mirémonos el brazo. Eso somos. Cortemos levemente la piel. La sangre derramada mostrará lo que involuntariamente se escurre de nosotros mismos. Descubramos, entonces, que de ese rojizo líquido y de otras sustancias igualmente risibles estamos hechos, y no de otras, que existimos en tales circunstancias fortuitas, y no en otras; que podríamos disiparnos en menos del tiempo en que el moribundo consternado logra percibir que ya no existe.
¡Abrazaos, abrazaos, oh, humanidad, ante lo inmensamente vulnerable de vuestra condición; no esperéis al fin de los tiempos para hacerlo!
¿Advertirás, al fin, ¡oh, ser infinitamente soberbio!, que hay cosas no escritas en el lenguaje circunscrito de la razón? ¿No admitirás, que hay formas de la percepción que no te han sido concedidas? ¿Perseguirás, entonces, eternamente esa luz que se muestra tenue a través de las tinieblas y las ciénagas abnegadas del razonamiento? Rigurosa Lógica, dime: ¿alguien, alguna vez, de tu remota luz, ha alcanzado la felicidad?
¡Oh, cielos imprecisos, nociones ambiguas, oscuras premisas; yo os necesito como el aire que respiro!
Cuando el extraño ve posarse, reservada y foránea su mirada, incomprensivo y estupefacto su espíritu, oculto y solitario su corazón, su razón simplemente rebasada, retírase calladamente hacia el ángulo de las medianías conteniendo lágrimas de inconmensurable dolor, y de su horizontal contemplación, ofrécelas al cielo en tono suplicante, pidiendo simplemente jamás haber existido. Y el cielo le cobija con etéreas contemplaciones, revélale otra realidad que brota de su misma premura, y así transcurre apeándose de las circunstancias.
Así, yo, y los que en lo Ideal nos cobijamos.
XIV
Bajo el fuego líquido, fluctuando como muerto, con los ojos entornados en puerta hacia el vacío, la criatura descendía una y otra vez hacia el fondo de la laguna del infierno, sin saber jamás de las profundidades de su infausta condena. Una y otra vez, sumergíase lentamente, esperando palpar lo firme del fondo para impulsarse hacia arriba, violentamente, sin saber cuán lejos estaría de su propósito. ¿Saldría, alguna vez, aquéllo, a quién el cielo deparaba los funestísimos sufrimiento, que en mi alma ya comenzaban a hacer su morada? ¿Nuestros solos impulsos son suficientes para combatir esas formas del fuego que nos sumergen, una y otra vez, en sus abismos? ¡Ay, de esas tediosas condenadas con que el infierno desgasta nuestras esperanzas!
Vuelve a descender la bestia, arrullada suavemente por las ardientes corrientes submarinas que ondean sus párpados lánguidos como cortinas.
¡Basta ya! ¡Oh, Creador de toda ésto, Tú, Juez riguroso que te crispas ante el pecado como una fiera, de esta bestia sumergida, troca en mí su penitencia, y libérale de esta pesadilla, no sin antes hacerla mía, por virtud de tu misericordia! ¡Yo, que frecuentemente escucho en los corazones extraviados como un receptáculo, y puesto que hay músicas que se fijan indisolubles, igualmente penando, imploro liberes a uno por dos condenados! ¡Hazme el Salvador de aquélla parte de mí mismo que sólo ve la luz infiltrada por los parrales profusos de la demencia!
Bajaba yo, entonces, a los abismos de la Estigia , abandonado mi cuerpo al extraño ser redimido que en las latitudes terrenales apoderóse de mi voluntad como yo de su miseria. En cada descenso, en cada impulso, iba en mí impregnada toda esperanza de abandonar aquél suplicio que imploraba no eterno. ¡Quizás un nuevo Salvador redimiera mi solidaria penitencia! Por lo pronto, iba yo cayendo lento y abatido, cada vez más, una y otra vez, dejando en mi rastro ruinoso, lágrimas hondas de desesperación que al fuego enardecían.
¿Repercutirá en mí Tu Fe y Tu Esperanza, Ser Perfecto, aquí abajo, donde la oscuridad ardiente nos sepulta indisolublemente como a Ti los Cielos Celestes y la Luz Absoluta ?
No es necesario me denigres con la inutilidad de mis esfuerzos; yo sé bien que el desaliento me postrará en los abismos cenagosos de esta laguna inmunda y entonces un cambio de marea o un reverso gravitacional, sacaríanme al fin, aunque tardío, para mostrarme la fortaleza de Tu Voluntad Suprema.
Entonces, humillado, queriendo ser yo mismo Señor, no seré más que lacayo de tu Reino, sumiso de Tu Poder inconmensurable, profeso de tu Amor imperecedero; pero ¡oh Perfecto!, ¿qué será de mí cuando aquella extraña criatura renueve con sus apetitos los feroces pecados?; ¿sabrás Tú separar el alma de mi cuerpo y enjuiciar mi esencia por encima de las miserias y las necesidades que nos imponen las vicisitudes?
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