sábado, 22 de enero de 2011

El ímpetu se clava como un puñal en mi mano cansada, nutre de presagios la presencia que aun no llega a descubrirse, ahoga el pesimismo en su misma naturaleza sustancial de leche coagulada, trepa entre demonios y ángeles arremetiendo hasta la aldea alada de mi cráneo. Allí todo es una atmósfera seca, pura desgracia intelectual en donde nada se culmina, donde todo florece en medias flores decapitadas, donde todo es apenas vislumbrado, y el amarillo seco impera. Gracias a tu forma demoníaca, a tu gutural acento de cosa revelada, a tu inmanencia próspera en virtudes y desgracias, llevo por acento tu ritual, y por ojos tu más certero enigma.
Tu cielo es el material sonido con que tejo un presagio, una idea, una mentira. Ahogo el pensamiento en una frase para nada dicha, para nada empleo la verborrágica estrofa, y para nada crezco entre sonidos y fortalezas brumas. Pero vivo como el amuleto vive entre creyentes, como muerto surco el mar de tierra con mi humilde barca de ataúd postizo, encierro un simulacro con cada brazada en vano, y postergo la nada un paso más allá por donde corre la palabra. Sé que en pos de un aullido hay una reverberancia sutil que no logra desengañar pero reconforta, y allí me quedo contemplando su voz enorme, inaudita, peculiar canción de belleza incomprendida, y conmuevo mis dedos en la misma dirección fulgurante, desde la pesadilla, donde un fuego fatuo encandila entre alfombras y sombras. Lo real es apenas un bostezo, apenas una boca entreabriéndose en la gruta, incapaz de absorber más que una bocanada de aire infinito, y en donde el insomnio viene como una lanza primitiva, un esfuerzo perdido en el tiempo desde el brazo de un hombre que ya no existe. Puedo significar las cualidades del terreno derramado, el llanto de imágenes que van postergando sigilosas mi guarida, presentándose con extremado desengaño al filo mismo de la angustia, grises de apariencia en los lentos confines de espejos rotos. Alguien es luz y otro por desdicha zozobra, ahorra en importancia la nauseabunda oscuridad por recelo, y retrueca sin ganas a la vida con voz cansada y regular proceder. Otro lleva atada a la nuca en voz baja la música del estigma, la llama de luz azul horizontalizada que clava en el hueso enhiesto lo que se sostiene bajo el cráneo revuelto. Su agua es por siempre flor del fracaso primaveral, donde únicamente beben de su mano moscas irreflexivas, zumbos que aturden con cordura la vileza demacrada del porvenir. En la mano tengo una estaca bifurcada, un doble mensajero de espacio y tiempo, muerdo el tuétano irrisorio de la sabiduría más ruin, resquebrajándose en la nada de su vuelo. Con ella tallo no sin cierto espanto un nombre impropio, una antorcha de mirada quieta que sostiene un faro, que guía navíos perdidos en la noche hasta el límite mismo de un abismo, donde el sol de mi vida se acuesta a morir. Puedo renegar de la hoja abierta, haciendo como el ciego frases sordas y primitivos gestos, cada vez más huecos hacia adentro, recoger con un ángulo exacto la voz callada de mi existencia, ¿pero acaso alguien puede descubrirse neutro en los vértigos postizos?
Afuera llueve, y en su higiénica frontera de agua desprendida, mi alma multiplica su caída, se enraíza al suelo subterráneo, reconoce rincones, túneles secretos y olvidados, procede como la lombriz escarbando el barro, aprovechándose del blando estiércol que había hecho de ella su prisión y origen, avanza penosamente hasta la superficie en donde ríen los pájaros, y los caracoles buscan captar ilusión con antenas temerosas. Yo converso con las plantas un soliloquio mudo, un eufemismo de naturaleza enfermiza para nada certera, total, absorbo con mis calcetines la certeza del inconformismo estúpido, y elevo por fin desde la nada inmensa, una idea de manicomio a una esperanza de poeta.             

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